Había un cuervo que vivía en una ciudad, y al que le gustaba sentarse en un alto árbol y observar lo que pasaba alrededor. Un día notó que en una azotea había un perro que se pasaba allí casi todo el día. El cuervo notó que su dueño del pobre animal salía todos los días por las mañanas y dejaba al perro en la azotea, a menudo sin comida, sin agua y sufriendo el terrible frío o ardiente calor de la temporada.
Lo que más le llamó la atención al cuervo es que cuando el hombre regresaba y dejaba al perro entrar a la casa, el animal se alegraba y le hacía fiestas, se sentaba a sus pies y le lamía las manos y la cara.
Un día en que el cuervo no pudo resistir su curiosidad, bajó de su árbol y se acercó al can, quien, para variar, se encontraba en la azotea, sufriendo de un calor tremendo.“Hola perro” dijo el ave “siempre te veo en esta azotea, casi siempre con hambre, sed, calor o frío. ¿No te cansa estar así, sufriendo?”
El perro lo miró y respondió “Lo sé, es muy difícil soportar esto. Pero no todo es malo. A veces mi amo me deja comida y no tengo hambre. Y al final siempre me deja entrar. Mi amo es muy bueno” dijo, mostrando una sonrisa al pensar en su amo
“¿Pero no has considerado que es tu amo el que te deja sin comer y por él pasas hambre?” preguntó nuevamente el cuervo.
El perro respondió “Mi amo es bueno y debe saber cuando alimentarme y cuando no”
“Yo siempre te veo con hambre desde mi árbol” dijo el cuervo, señalando su rama favorita “y casi siempre te veo hurgando en los rincones o tratando de cazar insectos para comer. Obviamente tienes hambre y tu amo no se entera de eso”
“Yo creo que sí sabe” dijo el perro, siempre sonriente. "Mi amo sabe siempre de dónde sacar comida para mí. Él sabe casi todo. Mi amo es bueno”
“Entonces, si lo sabe ¿por qué te deja sufrir? Es más, ¿si sabe casi todo, por qué te deja aquí cuando tienes calor o frío? ¿Por qué te deja sufrir? Y más aun” añadió “¿por qué sigues pensando que es bueno y te ama, cuando obviamente no se preocupa lo suficiente por ti?”
Al perro se le borró la sonrisa por un momento. Algo parecía haber resonado en su cerebro de perro. Sin embargo, pensó en el alimento que recibía luego de estar hambriento todo el día, y en la mullida cama que le esperaba luego de descansar en el duro suelo, que podía calentarse o enfriarse dependiendo de la estación. Entonces no dudó en decir, nuevamente con la sonrisa y sin hacer caso al razonamiento del ave.
“El amo es bueno”
El cuervo se exasperó. Sin decir más, levantó el vuelo y regresó a su rama. Miró nuevamente al perro, quien pasaba las horas entre tratar de cobijarse del calor, perseguir insectos y mirar a la puerta cada vez que oía un ruido, pensando que era su amo quien venía a ayudarlo. Sintió lástima y rabia a la vez. No podía concebir como un animal aparentemente sano pudiera idolatrar a un ser que le aliviaba los males que este mismo le causaba.
“Pobre, pobre y torpe perro. Tal vez sea feliz, pero no deja de ser patético. Por mi parte, prefiero ser yo el hacedor de mis logros y mis penas. Mi comida y mi resguardo me los consigo yo. Si sufro es por mi voluntad propia. Si disfruto también. No necesito de un amo al cual idolatrar”
Y dicho esto, levantó el vuelo, en busca de sus logros o penas.
¿Sin ganas de leer mucho? Date una vuelta por el Tumblr de Su Nombre en Vano
Monday, October 18, 2010
La Fábula del Cuervo y el Perro
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No creyentes
No miracles for Ecuadorians
After the case of the rescued 33 miners many praises and thanks to God have been chanted along the most religious, especially those who can’t understand how a well developed human-made plan, along with technology could have been successful and end up calling it a miracle. A Colombian newspaper even gets to this:
This blog talked about other cases in which miners died without any miracle done in order to spare them from a horrible death.
So, to finish the miners’ issue, here is another piece of news regarding miners who suffered God’s negligence and died, with no prayer that could change that,
Please don’t tell me that for those miners no one prayed. Don’t tell me that there was not even one who put his faith in God and asked to live. And even if no one had done that, it shouldn’t be necessary if there actually is a “loving father” who knows what is in our hearts.
The only logical conclusion is that prayer is useless. There is no proof that this works better than a placebo that gives energy and hope to whoever believes in it. But when it comes to change something in the real world (not the person’s psique), it fails. The only thing that will decide one’s success is the strength of those who are willing to fight for whatever they want, with our without prayer, and usually helped by technology (like with the Chilean miners)
In other words, if we want something to be successful, our only option is to believe in ourselves, and make use of the best technology we can get. To trust in God is pretty much believe in dumb luck or bet to lose.
This blog talked about other cases in which miners died without any miracle done in order to spare them from a horrible death.
So, to finish the miners’ issue, here is another piece of news regarding miners who suffered God’s negligence and died, with no prayer that could change that,
Three of four miners in Ecuador found dead
The corpses of other two miners were found on Saturday at 150 meters below the surface, in a gold mine at the Ecuadorian south-east. This makes three dead people and a fourth one that is still missing.
Please don’t tell me that for those miners no one prayed. Don’t tell me that there was not even one who put his faith in God and asked to live. And even if no one had done that, it shouldn’t be necessary if there actually is a “loving father” who knows what is in our hearts.
The only logical conclusion is that prayer is useless. There is no proof that this works better than a placebo that gives energy and hope to whoever believes in it. But when it comes to change something in the real world (not the person’s psique), it fails. The only thing that will decide one’s success is the strength of those who are willing to fight for whatever they want, with our without prayer, and usually helped by technology (like with the Chilean miners)
In other words, if we want something to be successful, our only option is to believe in ourselves, and make use of the best technology we can get. To trust in God is pretty much believe in dumb luck or bet to lose.
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Sunday, October 17, 2010
Sin milagros para los ecuatorianos
Con el caso de los 33 mineros rescatados en Chile, los agradecimientos a Diosito por haber obrado tal milagro no se hicieron esperar, especialmente de parte de aquellos tan ignorantes que no conciben el que un plan bien hecho en grupo y usando tecnología de punta sea posible, y terminan atribuyéndoselo a un poder divino y llamándolo “milagro”, incluso llegando a este extremo:
Este blog les trajo la discordante nota de otros casos en los que los mineros murieron sin que hubiera milagro para ellos.
Y para acabar con los asuntos mineros, he aquí otro caso de mineros para quienes no hubo milagros, para quienes no hubo Dios misericordioso que los resguardara.
No me digan que por estos tres mineros nadie rezó. No me digan que nadie puso su fe en Dios y pidió que salieran con vida. Y aun si no lo hubieran hecho, no tendría que ser necesario si estamos hablando de un Dios padre que nos cuida, como cuidó a los 33 mineros chilenos.
Ante esto, lo más lógico es concluir que la oración es por demás inútil. No hay ninguna prueba de que esta funcione más que como un placebo de que da energía y tranquilidad a quien cree en esta. Pero lo único que decidirá el éxito de una empresa es el empeño que pongan quienes la realizan, con o sin oración, y muchas veces ayudados por la tecnología (como en el caso de los mineros chilenos).
En otras palabras, si queremos que algo salga bien, se confía en uno mismo, o en la ciencia y tecnología. Confiar en Dios es básicamente dejar las cosas al azar o apostar a perder.
Este blog les trajo la discordante nota de otros casos en los que los mineros murieron sin que hubiera milagro para ellos.
Y para acabar con los asuntos mineros, he aquí otro caso de mineros para quienes no hubo milagros, para quienes no hubo Dios misericordioso que los resguardara.
Tres de los cuatro mineros atrapados en Ecuador son hallados muertos
Los cadáveres de otros dos mineros fueron hallados el sábado a 150 m de profundidad en un yacimiento aurífero al suroeste de Ecuador, con lo que suman tres los muertos y un cuarto obrero sigue desaparecido, indicó un funcionario a la AFP.
No me digan que por estos tres mineros nadie rezó. No me digan que nadie puso su fe en Dios y pidió que salieran con vida. Y aun si no lo hubieran hecho, no tendría que ser necesario si estamos hablando de un Dios padre que nos cuida, como cuidó a los 33 mineros chilenos.
Ante esto, lo más lógico es concluir que la oración es por demás inútil. No hay ninguna prueba de que esta funcione más que como un placebo de que da energía y tranquilidad a quien cree en esta. Pero lo único que decidirá el éxito de una empresa es el empeño que pongan quienes la realizan, con o sin oración, y muchas veces ayudados por la tecnología (como en el caso de los mineros chilenos).
En otras palabras, si queremos que algo salga bien, se confía en uno mismo, o en la ciencia y tecnología. Confiar en Dios es básicamente dejar las cosas al azar o apostar a perder.
San Mercado Latino
Como proveniente de un país latinoamericano, normalmente consumo comida que se parezca a la de mi país. Y para conseguir esos ingredientes, tuve que ir a un supermercado con productos mexicanos y latinoamericanos en general.
No pretendo faltar el respeto a ninguna nacionalidad, pero hay que admitir que este supermercado es un tanto "pintoresco", especialmente comparado con los supermercados estadounidenses más parcos y formales (Walmart no, Walmart es otra cosa). Así que mientras esperaba a que me atiendan me puse a ver las velas.
Con media sonrisa en los labios iba pasando ante las clásicas velas a los santos, hasta que me topé con algunas que me hicieron decir (muy acorde al lugar), "hazme el chingado favor"

¿Vela para Juan Pablo II? Sabía que andaba en camino hacia la santidad (qué venida a menos está esta), pero, ¿vela? ¿como si fuera santo? No mames wey.
Y el otro, el tal San Simón, ni idea quién será. Si algun amigo natural de México quiere iluminarnos, será bienvenido.
Pero hay más:

¿Agua espiritual para la buena suerte? Aparte del agua bendita, no sé qué otra agua puede haber para la devotamente católica población latina de esta parte de California. Me pregunto si será para esparcir gotitas, para sobarse, para tomar, o para enemas.
Pero lo que más me llamó la atención fue...

La muerte es una santa. No solo santa, santísima, con oración y todo. Definitivamente, haganme el chingado favor.
Si bien este tipo de devociones no me hacen ningún daño a mí, no puedo dejar de verlas y pensar que algo no funciona bien en el imaginario popular, no diría solo mexicano, porque Perú y muchos otros países latinoamericanos hacen lo mismo. Yo supongo que la desesperación de la pobre gente por salir adelante y sobrevivir día a día los lleva a creer cualquier cosa y aferrarse a cualquier tabla. En otras palabras, a ser crédulos.
Considerando esto, tal vez deba tranquilizarme el hecho de no haber encontrado a Fray Tormenta entre las imágenes de las velas
No pretendo faltar el respeto a ninguna nacionalidad, pero hay que admitir que este supermercado es un tanto "pintoresco", especialmente comparado con los supermercados estadounidenses más parcos y formales (Walmart no, Walmart es otra cosa). Así que mientras esperaba a que me atiendan me puse a ver las velas.
Con media sonrisa en los labios iba pasando ante las clásicas velas a los santos, hasta que me topé con algunas que me hicieron decir (muy acorde al lugar), "hazme el chingado favor"
¿Vela para Juan Pablo II? Sabía que andaba en camino hacia la santidad (qué venida a menos está esta), pero, ¿vela? ¿como si fuera santo? No mames wey.
Y el otro, el tal San Simón, ni idea quién será. Si algun amigo natural de México quiere iluminarnos, será bienvenido.
Pero hay más:
¿Agua espiritual para la buena suerte? Aparte del agua bendita, no sé qué otra agua puede haber para la devotamente católica población latina de esta parte de California. Me pregunto si será para esparcir gotitas, para sobarse, para tomar, o para enemas.
Pero lo que más me llamó la atención fue...
La muerte es una santa. No solo santa, santísima, con oración y todo. Definitivamente, haganme el chingado favor.
Si bien este tipo de devociones no me hacen ningún daño a mí, no puedo dejar de verlas y pensar que algo no funciona bien en el imaginario popular, no diría solo mexicano, porque Perú y muchos otros países latinoamericanos hacen lo mismo. Yo supongo que la desesperación de la pobre gente por salir adelante y sobrevivir día a día los lleva a creer cualquier cosa y aferrarse a cualquier tabla. En otras palabras, a ser crédulos.
Considerando esto, tal vez deba tranquilizarme el hecho de no haber encontrado a Fray Tormenta entre las imágenes de las velas
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Friday, October 15, 2010
"El Nasciturus" Por Mario Vargas Llosa
En 1998 Mario Vargas Llosa se alejó del partido de derecha de España, y se pronuncia a favor del derecho de las mujeres para abortar y en contra de que la iglesia católica tenga un rol importante en las políticas de estado. En este texto, publicado en ese mismo año, Vargas Llosa deja clara su postura en cuanto al aborto y el poder que debe tener la iglesia católica.
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"El Nasciturus"
El Congreso de los Diputados, en España, ha rechazado por un voto una ampliación de la ley del aborto que hubiera añadido, a las tres causales ya legitimadas para la interrupción del embarazo (violación, malformación del feto o peligro para la salud de la madre) un cuarto supuesto, social o psicológico, semejante al que, con excepción de Irlanda y Portugal, admiten todos los países de la Unión Europea, cuyas legislaciones, con variantes mínimas, permiten el aborto voluntario dentro de los tres primeros meses de gestación.
El resultado de la votación fue una gran victoria de la Iglesia Católica, que se movilizó en todos los frentes para impedir la aprobación de esta ley. Hubo un tremebundo documento de la Conferencia Episcopal titulado `Licencia aún más amplia para matar a los hijos' que fue leído por veinte mil párrocos durante la misa, rogativas, procesiones, mítines y lluvia de cartas y llamadas a los parlamentarios (campaña que resultó eficaz, pues cuatro de ellos, cediendo a la presión, cambiaron su voto). Muchos intelectuales católicos, encabezados por Julián Marías -para quien la aceptación social del aborto es una de las peores tragedias de este siglo-, intervinieron en el debate, reiterando la tesis vaticana según la cual el aborto es un crimen perpetrado contra un ser indefenso, y, por lo mismo, una salvajada intolerable no sólo desde el punto de vista de la fe, también de la moral, la civilización y los derechos humanos.
Está dentro de los usos de la democracia que los ciudadanos se alisten en acciones cívicas en defensa de sus convicciones, y es natural que los católicos españoles lo hayan hecho con tanta beligerancia, en un tema que afecta sus creencias de manera tan íntima. En cambio, quienes estaban a favor del cuarto supuesto -en teoría, la mitad de la ciudadanía- permanecieron callados o se manifestaron con extraordinaria timidez en el debate, trasluciendo de este modo una inconsciente incomodidad. También es natural que sea así. Ocurre que el aborto no es una acción que entusiasme ni satisfaga a nadie, empezando por las mujeres que se ven obligadas a recurrir a él. Para ellas, y para todos quienes creemos que su despenalización es justa, y que han hecho bien las democracias occidentales -del Reino Unido a Italia, de Francia a Suecia, de Alemania a Holanda, de Estados Unidos a Suiza- en reconocerlo así, se trata de un recurso extremo e ingrato, al que hay que resignarse como a un mal menor.
La falacia mayor de los argumentos antiabortistas, es que se esgrimen como si el aborto no existiera y sólo fuera a existir a partir del momento en que la ley lo apruebe. Confunden despenalización con incitación o promoción del aborto y, por eso, lucen esa excelente buena conciencia de "defensores del derecho a la vida". La realidad, sin embargo, es que el aborto existe desde tiempos inmemoriales, tanto en los países que lo admiten como en los que lo prohíben, y que va a seguir practicándose de todas maneras, con total prescindencia de que la ley lo tolere o no. Despenalizar el aborto significa, simplemente, permitir que las mujeres que no pueden o no quieren dar a luz, puedan interrumpir su embarazo dentro de ciertas condiciones elementales de seguridad y según ciertos requisitos, o lo hagan, como ocurre en todos los países del mundo que penalizan el aborto, de manera informal, precaria, riesgosa para su salud y, además, puedan ser incriminadas por ello.
Significa, también, reducir la discriminación que, de hecho, existe en este dominio. Donde está prohibido el aborto, la prohibición sólo tiene algún efecto en las mujeres pobres. Las otras, lo tienen a su alcance cuantas veces lo requieran, pagando las clínicas y los médicos privados que lo practican con la discreción debida, o viajando al extranjero. Las mujeres de escasos recursos, en cambio, se ven obligadas a recurrir a las aborteras y curanderos clandestinos, que las explotan, malogran, y a veces las matan.
Es absolutamente ocioso discutir sobre si el nasciturus, el embrión de pocas semanas, debe ser considerado un ser humano -dotado de un alma, según los creyentes- o sólo un proyecto de vida, porque no hay modo alguno de zanjar objetivamente la cuestión. Esto no es algo que puede determinar la ciencia; o, mejor dicho, los científicos sólo pueden pronunciarse en un sentido o en otro no en nombre de su ciencia, sino de sus creencias y principios, igual que los legos. Desde luego que es respetabilísima la convicción de quienes sostienen, guiados por su fe, que el nasciturus es ya un ser humano imbuido de derechos, cuya existencia debe ser respetada. Y también lo es que, coherentes con sus principios, los publiciten y traten de ganar adeptos para su causa.
Sería un atropello intolerable que, por una medida de fuerza, como ocurrió en la India de Indira Ghandi, o como ocurre todavía en China, una madre sea obligada a abortar. Pero ¿no lo es, igualmente, que sea obligada a tener los hijos que no quiere o no puede tener, en razón de creencias que no son las suyas, o que, siéndolo, impelida por las circunstancias, se ve inducida a transgredir? Ésta es una delicada materia, que tiene que ver con el meollo mismo de la cultura democrática.
La clave del problema está en los derechos de la mujer, en aceptar si, entre estos derechos, figura el de decidir si quiere tener un hijo o no, o si esta decisión debe ser tomada, en vez de ella, por la autoridad política. En las democracias avanzadas, y en función del desarrollo de los movimientos feministas, se ha ido abriendo camino, no sin enormes dificultades y luego de ardorosos debates, la conciencia de que a quien corresponde decidirlo es a quien vive el problema en la entraña misma de su ser, que es, además, quien sobrelleva las consecuencias de lo que decida. No se trata de una decisión ligera, sino difícil y a menudo traumática. Un inmenso número de mujeres se ven empujadas a abortar por ese cuarto supuesto, precisamente: unas condiciones de vida en las que traer una nueva boca al hogar significa condenar al nuevo ser a una existencia indigna, a una muerte en vida. Como esto es algo que sólo la propia madre puede evaluar con pleno conocimiento de causa, es coherente que sea ella quien decida. Los gobiernos pueden aconsejarla y fijarle ciertos límites -de ahí los plazos máximos para practicar el aborto, que van desde las 12 hasta las 24 semanas (en Holanda) y la obligación de un período de reflexión entre la decisión y el acto mismo-, pero no sustituirla en la trascendental elección. Ésta es una política razonable que, tarde o temprano, terminará sin duda por imponerse en España y en América Latina, a medida que avance la democratización y la secularización de la sociedad (ambas son inseparables).
Ahora bien, que la despenalización del aborto sea una manera de atenuar un gravísimo problema, no significa que no puedan ser combatidas con eficacia las circunstancias que lo engendran. Una manera importantísima de hacerlo es, desde luego, mediante la educación sexual, en la escuela y en la familia, de manera que mujer alguna quede embarazada por ignorancia o por no tener a su alcance un anticonceptivo. Uno de los mayores obstáculos para la educación sexual y las políticas de control de la natalidad ha sido también la Iglesia Católica, que, hasta ahora, con algunas escasas voces discordantes en su seno, sólo acepta la prevención del embarazo mediante el llamado "método natural", y que, en los países donde tiene gran influencia política -muchos todavía, en América Latina- combate con energía toda campaña pública encaminada a popularizar el uso de condones y píldoras anticonceptivas.
Se impone una última reflexión, a partir de lo anterior, sobre este delicado tema: las relaciones entre la Iglesia Católica y la democracia. Aquélla no es una institución democrática, como no lo es, ni podría serlo, religión alguna (con la excepción del budismo, tal vez, que es una filosofía más que una religión). Las verdades que ella defiende son absolutas, pues le vienen de Dios, y la trascendencia y sus valores morales no pueden ser objeto de transacciones ni de concesiones respecto a valores y verdades opuestos. Ahora bien: mientras predique y promueva sus ideas y sus creencias lejos del poder político, en una sociedad regida por un Estado laico, en competencia con otras religiones y con un pensamiento a-religioso o anti-religioso, la Iglesia Católica se aviene perfectamente con el sistema democrático y le presta un gran servicio, suministrando a muchos ciudadanos esa dimensión espiritual y ese orden moral que, para un gran número de seres humanos, sólo son concebibles por mediación de la fe. Y no hay democracia sólida, estable, sin una intensa vida espiritual en su seno.
Pero si ese difícil equilibrio entre el Estado laico y la Iglesia se altera y ésta impregna aquél, o, peor todavía, lo captura, la democracia está amenazada, a corto o mediano plazo, en uno de sus atributos esenciales: el pluralismo, la coexistencia en la diversidad, el derecho a la diferencia y a la disidencia. A estas alturas de la historia, es improbable que vuelvan a erigirse los patíbulos de la Inquisición, donde se achicharraron tantos impíos enemigos de la única verdad tolerada. Pero, sin llegar, claro está, a los extremos talibanes, es seguro que la mujer retrocedería del lugar que ha conquistado en las sociedades libres a ese segundo plano, de apéndice, de hija de Eva, en que la Iglesia, institución machista si las hay, la ha tenido siempre confinada.
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© Mario Vargas Llosa. 1998.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País Internacional, S.A. 1998.
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"El Nasciturus"
El resultado de la votación fue una gran victoria de la Iglesia Católica, que se movilizó en todos los frentes para impedir la aprobación de esta ley. Hubo un tremebundo documento de la Conferencia Episcopal titulado `Licencia aún más amplia para matar a los hijos' que fue leído por veinte mil párrocos durante la misa, rogativas, procesiones, mítines y lluvia de cartas y llamadas a los parlamentarios (campaña que resultó eficaz, pues cuatro de ellos, cediendo a la presión, cambiaron su voto). Muchos intelectuales católicos, encabezados por Julián Marías -para quien la aceptación social del aborto es una de las peores tragedias de este siglo-, intervinieron en el debate, reiterando la tesis vaticana según la cual el aborto es un crimen perpetrado contra un ser indefenso, y, por lo mismo, una salvajada intolerable no sólo desde el punto de vista de la fe, también de la moral, la civilización y los derechos humanos.
Está dentro de los usos de la democracia que los ciudadanos se alisten en acciones cívicas en defensa de sus convicciones, y es natural que los católicos españoles lo hayan hecho con tanta beligerancia, en un tema que afecta sus creencias de manera tan íntima. En cambio, quienes estaban a favor del cuarto supuesto -en teoría, la mitad de la ciudadanía- permanecieron callados o se manifestaron con extraordinaria timidez en el debate, trasluciendo de este modo una inconsciente incomodidad. También es natural que sea así. Ocurre que el aborto no es una acción que entusiasme ni satisfaga a nadie, empezando por las mujeres que se ven obligadas a recurrir a él. Para ellas, y para todos quienes creemos que su despenalización es justa, y que han hecho bien las democracias occidentales -del Reino Unido a Italia, de Francia a Suecia, de Alemania a Holanda, de Estados Unidos a Suiza- en reconocerlo así, se trata de un recurso extremo e ingrato, al que hay que resignarse como a un mal menor.
La falacia mayor de los argumentos antiabortistas, es que se esgrimen como si el aborto no existiera y sólo fuera a existir a partir del momento en que la ley lo apruebe. Confunden despenalización con incitación o promoción del aborto y, por eso, lucen esa excelente buena conciencia de "defensores del derecho a la vida". La realidad, sin embargo, es que el aborto existe desde tiempos inmemoriales, tanto en los países que lo admiten como en los que lo prohíben, y que va a seguir practicándose de todas maneras, con total prescindencia de que la ley lo tolere o no. Despenalizar el aborto significa, simplemente, permitir que las mujeres que no pueden o no quieren dar a luz, puedan interrumpir su embarazo dentro de ciertas condiciones elementales de seguridad y según ciertos requisitos, o lo hagan, como ocurre en todos los países del mundo que penalizan el aborto, de manera informal, precaria, riesgosa para su salud y, además, puedan ser incriminadas por ello.
Significa, también, reducir la discriminación que, de hecho, existe en este dominio. Donde está prohibido el aborto, la prohibición sólo tiene algún efecto en las mujeres pobres. Las otras, lo tienen a su alcance cuantas veces lo requieran, pagando las clínicas y los médicos privados que lo practican con la discreción debida, o viajando al extranjero. Las mujeres de escasos recursos, en cambio, se ven obligadas a recurrir a las aborteras y curanderos clandestinos, que las explotan, malogran, y a veces las matan.
Es absolutamente ocioso discutir sobre si el nasciturus, el embrión de pocas semanas, debe ser considerado un ser humano -dotado de un alma, según los creyentes- o sólo un proyecto de vida, porque no hay modo alguno de zanjar objetivamente la cuestión. Esto no es algo que puede determinar la ciencia; o, mejor dicho, los científicos sólo pueden pronunciarse en un sentido o en otro no en nombre de su ciencia, sino de sus creencias y principios, igual que los legos. Desde luego que es respetabilísima la convicción de quienes sostienen, guiados por su fe, que el nasciturus es ya un ser humano imbuido de derechos, cuya existencia debe ser respetada. Y también lo es que, coherentes con sus principios, los publiciten y traten de ganar adeptos para su causa.
Sería un atropello intolerable que, por una medida de fuerza, como ocurrió en la India de Indira Ghandi, o como ocurre todavía en China, una madre sea obligada a abortar. Pero ¿no lo es, igualmente, que sea obligada a tener los hijos que no quiere o no puede tener, en razón de creencias que no son las suyas, o que, siéndolo, impelida por las circunstancias, se ve inducida a transgredir? Ésta es una delicada materia, que tiene que ver con el meollo mismo de la cultura democrática.
La clave del problema está en los derechos de la mujer, en aceptar si, entre estos derechos, figura el de decidir si quiere tener un hijo o no, o si esta decisión debe ser tomada, en vez de ella, por la autoridad política. En las democracias avanzadas, y en función del desarrollo de los movimientos feministas, se ha ido abriendo camino, no sin enormes dificultades y luego de ardorosos debates, la conciencia de que a quien corresponde decidirlo es a quien vive el problema en la entraña misma de su ser, que es, además, quien sobrelleva las consecuencias de lo que decida. No se trata de una decisión ligera, sino difícil y a menudo traumática. Un inmenso número de mujeres se ven empujadas a abortar por ese cuarto supuesto, precisamente: unas condiciones de vida en las que traer una nueva boca al hogar significa condenar al nuevo ser a una existencia indigna, a una muerte en vida. Como esto es algo que sólo la propia madre puede evaluar con pleno conocimiento de causa, es coherente que sea ella quien decida. Los gobiernos pueden aconsejarla y fijarle ciertos límites -de ahí los plazos máximos para practicar el aborto, que van desde las 12 hasta las 24 semanas (en Holanda) y la obligación de un período de reflexión entre la decisión y el acto mismo-, pero no sustituirla en la trascendental elección. Ésta es una política razonable que, tarde o temprano, terminará sin duda por imponerse en España y en América Latina, a medida que avance la democratización y la secularización de la sociedad (ambas son inseparables).
Ahora bien, que la despenalización del aborto sea una manera de atenuar un gravísimo problema, no significa que no puedan ser combatidas con eficacia las circunstancias que lo engendran. Una manera importantísima de hacerlo es, desde luego, mediante la educación sexual, en la escuela y en la familia, de manera que mujer alguna quede embarazada por ignorancia o por no tener a su alcance un anticonceptivo. Uno de los mayores obstáculos para la educación sexual y las políticas de control de la natalidad ha sido también la Iglesia Católica, que, hasta ahora, con algunas escasas voces discordantes en su seno, sólo acepta la prevención del embarazo mediante el llamado "método natural", y que, en los países donde tiene gran influencia política -muchos todavía, en América Latina- combate con energía toda campaña pública encaminada a popularizar el uso de condones y píldoras anticonceptivas.
Se impone una última reflexión, a partir de lo anterior, sobre este delicado tema: las relaciones entre la Iglesia Católica y la democracia. Aquélla no es una institución democrática, como no lo es, ni podría serlo, religión alguna (con la excepción del budismo, tal vez, que es una filosofía más que una religión). Las verdades que ella defiende son absolutas, pues le vienen de Dios, y la trascendencia y sus valores morales no pueden ser objeto de transacciones ni de concesiones respecto a valores y verdades opuestos. Ahora bien: mientras predique y promueva sus ideas y sus creencias lejos del poder político, en una sociedad regida por un Estado laico, en competencia con otras religiones y con un pensamiento a-religioso o anti-religioso, la Iglesia Católica se aviene perfectamente con el sistema democrático y le presta un gran servicio, suministrando a muchos ciudadanos esa dimensión espiritual y ese orden moral que, para un gran número de seres humanos, sólo son concebibles por mediación de la fe. Y no hay democracia sólida, estable, sin una intensa vida espiritual en su seno.
Pero si ese difícil equilibrio entre el Estado laico y la Iglesia se altera y ésta impregna aquél, o, peor todavía, lo captura, la democracia está amenazada, a corto o mediano plazo, en uno de sus atributos esenciales: el pluralismo, la coexistencia en la diversidad, el derecho a la diferencia y a la disidencia. A estas alturas de la historia, es improbable que vuelvan a erigirse los patíbulos de la Inquisición, donde se achicharraron tantos impíos enemigos de la única verdad tolerada. Pero, sin llegar, claro está, a los extremos talibanes, es seguro que la mujer retrocedería del lugar que ha conquistado en las sociedades libres a ese segundo plano, de apéndice, de hija de Eva, en que la Iglesia, institución machista si las hay, la ha tenido siempre confinada.
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© Mario Vargas Llosa. 1998.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País Internacional, S.A. 1998.
Threesome Thursdays: Three cases of dead miners
With the miners’ rescue I had almost forgotten about today’s Threesome Thursday. So, let’s talk about disasters in which miners died despite all the prayers and hopes their loved ones had in God.
I have the impression that Mexicans are more devout than Chileans (after all, the Virgin Mary never appeared in Chile). Imagine all the prayers, petitions, promises made to God, Jesus and all the saints Mexicans believe in.
And then, death.
There was no miracle for the Mexicans, their bodies still there. If God saved the Chilean miners, why not the Mexicans?
For these miners there was no miracle either. There was no God who listened to them or the prayers in their honor, to look after them and keep them as a living father should. On the contrary, a horrible dead was reserved for them, either in an explosion, or trapped in the deadly gases.
For them, there was no divine salvation either. Maybe the loving father only helps those in countries that believe in Him, but still, He left the Mexican and American miners to die. So, what kind of “loving father” are we talking about?
Today many thank God for saving those 33 miners. However, no one complains about all the others dead in different parts of the world ¿Could it be that, no matter the prayers, God only responds to his own whines and desires?
Or maybe, he doesn’t care about this world.
Or maybe, He just doesn’t exist.
Because, if there were a God, what kind of loving God is this one? And what kind of idiots thank him for a few rescued, but forget about the death of many?
And finally, I haven’t forgotten that God might have saved 33 Chileans, but killed at least 500 during the last earthquake.
Pasta de Conchos, México
On February 19, 2006 a coal mine in Pasta de Conchos, Coahuila in Mexico suffered an explosion and 73 miners got trapped inside the mine. 65 died.
I have the impression that Mexicans are more devout than Chileans (after all, the Virgin Mary never appeared in Chile). Imagine all the prayers, petitions, promises made to God, Jesus and all the saints Mexicans believe in.
And then, death.
There was no miracle for the Mexicans, their bodies still there. If God saved the Chilean miners, why not the Mexicans?
Comfort, West Virginia
Time stopped five days ago for the families of 29 coal miners killed in the devastating explosion at Upper Big Branch mine.
Seven bodies were pulled from Upper Big Branch immediately after Monday's blast, but dangerous gases forced rescue crews out and it took days for them to get back in. They hoped four miners they had not accounted for might somehow have made it to a refuge chamber stocked with food, water and oxygen, but word came early Saturday that all had been found dead.
For these miners there was no miracle either. There was no God who listened to them or the prayers in their honor, to look after them and keep them as a living father should. On the contrary, a horrible dead was reserved for them, either in an explosion, or trapped in the deadly gases.
Shanxi, China
At least 38 miners have been killed in three separate accidents in China's notoriously dangerous coal mines, according to state-run media.
Twenty eight people died after an electrical cable caught fire inside the Xiaonangou mine in Shaanxi province, the Xinhua news agency reports.
According to official figures, 2,631 coal miners died in 1,616 mine accidents in China in 2009, down 18% from the previous year.
For them, there was no divine salvation either. Maybe the loving father only helps those in countries that believe in Him, but still, He left the Mexican and American miners to die. So, what kind of “loving father” are we talking about?
Today many thank God for saving those 33 miners. However, no one complains about all the others dead in different parts of the world ¿Could it be that, no matter the prayers, God only responds to his own whines and desires?
Or maybe, he doesn’t care about this world.
Or maybe, He just doesn’t exist.
Because, if there were a God, what kind of loving God is this one? And what kind of idiots thank him for a few rescued, but forget about the death of many?
And finally, I haven’t forgotten that God might have saved 33 Chileans, but killed at least 500 during the last earthquake.
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Thursday, October 14, 2010
Jueves de tríos: Tres de mineros muertos
Con lo de los mineros se me había pasado hacer un trío este jueves. Así que, antes que se acabe el día, aprovechemos para revisar tres casos de mineros atrapados en minas donde Dios simplemente, se pasó la situación por los huevos.
El pueblo mexicano debe ser tanto o más devoto que el chileno (después de todo, la virgen María nunca se le apareció a los chilenos). Debieron haber miles de rezos, cantos, peticiones, oraciones. Y al final, nada. 65 personas murieron, y la mayoría de ellos siguen en la mina.
Si Dios salvó a los 33 chilenos, ¿por qué no le importaron los mexicanos?
Para estos mineros tampoco hubo milagro. Para ellos no hubo Dios que escuchara oraciones y plegarias y que los cuidara como se supone hace un padre amoroso. Por el contrario, les deparó una horrible muerte por explosión de gas, o una peor, por asfixia o aplastados entre rocas.
Para ellos tampoco hubo salvación divina. Tal vez el padre amoros solo ayuda a quienes creen en este, pero aun así dejó morir a aquellos en México y USA. Pero incluso si ese fuera el caso, ¿de qué tipo de “padre amoroso” estamos hablando?
Hoy muchos agradecen a Dios el haber rescatado a 33 mineros chilenos. Sin embargo, nadie le reprocha el haber atrapado y dejado morir a varios otros en distintos lugares. ¿Será que la salvación depende del humor en que este dios se encuentre?
¿O será tal vez que no le importa lo que pasa en este mundo?
¿O será que simplmente no existe?
Porque si existiera, ¿qué clase de padre amoroso es este? ¿Y qué clase de idiotas le agradecen la salvación de unos, sin reprocharle la muerte de otros?
Y por último, no nos hemos olvidado de que, si Dios salvó a estos 33 chilenos ¿por qué mató a más de 500 en el terremoto de hace pocos meses?
Pasta de Conchos, México
El 19 de febrero de 2006 ocurrió una explosión en la mina carbonera 8, Unidad Pasta de Conchos, en Coahuila: 73 mineros quedaron atrapados bajo los escombros, 8 de los cuales fueron rescatados con heridas y quemaduras graves, dos más sin vida y los cuerpos de 63 restantes permanecen desde entonces en la mina. Las viudas y familiares de los mineros convirtieron su dolor en espíritu de lucha, en reclamo para que los cuerpos se rescaten. Por más de 2 años Industrial Minera México [parte de Grupo México] ha dicho que no existen condiciones de seguridad necesarias para rescatar a los mineros, pero el pasado 15 de mayo personal de la empresa entró para sellar la bocamina. Desde entonces, un grupo de viudas y familiares permanecen las 24 horas en las inmediaciones de la mina para impedir que sea sellada...
El pueblo mexicano debe ser tanto o más devoto que el chileno (después de todo, la virgen María nunca se le apareció a los chilenos). Debieron haber miles de rezos, cantos, peticiones, oraciones. Y al final, nada. 65 personas murieron, y la mayoría de ellos siguen en la mina.
Si Dios salvó a los 33 chilenos, ¿por qué no le importaron los mexicanos?
Comfort, West Virginia
Una explosión en una mina deja enterrados a 29 mineros, la mayoría de los cuales se presume muertos. Pocos días después, la búsqueda aminora debido a lo peligroso que es trabajar en un ambiente rodeado de gas metano. El 26 de abril del 2010, casi un mes después del accidente, los mineros son conmemorados por el mismísimo Obama.
Para estos mineros tampoco hubo milagro. Para ellos no hubo Dios que escuchara oraciones y plegarias y que los cuidara como se supone hace un padre amoroso. Por el contrario, les deparó una horrible muerte por explosión de gas, o una peor, por asfixia o aplastados entre rocas.
Shanxi, China
Los muertos por la explosión que tuvo lugar hoy en una mina de carbón de China ascienden a 73, según informaron los equipos de rescate que tratan de localizar a los atrapados en el subsuelo, mientras que otros 113 están hospitalizados. El informe, difundido por la agencia oficial de noticias Xinhua, indica que entre los hospitalizados 21 se encuentran en estado crítico.
Para ellos tampoco hubo salvación divina. Tal vez el padre amoros solo ayuda a quienes creen en este, pero aun así dejó morir a aquellos en México y USA. Pero incluso si ese fuera el caso, ¿de qué tipo de “padre amoroso” estamos hablando?
Hoy muchos agradecen a Dios el haber rescatado a 33 mineros chilenos. Sin embargo, nadie le reprocha el haber atrapado y dejado morir a varios otros en distintos lugares. ¿Será que la salvación depende del humor en que este dios se encuentre?
¿O será tal vez que no le importa lo que pasa en este mundo?
¿O será que simplmente no existe?
Porque si existiera, ¿qué clase de padre amoroso es este? ¿Y qué clase de idiotas le agradecen la salvación de unos, sin reprocharle la muerte de otros?
Y por último, no nos hemos olvidado de que, si Dios salvó a estos 33 chilenos ¿por qué mató a más de 500 en el terremoto de hace pocos meses?
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Wednesday, October 13, 2010
Crédulos, crédulos e imbéciles. De mineros rescatados, vírgenes entomatadas y leones herejes.
Hace pocas horas llega la noticia de que de todos los mineros que estaban atrapados en una mina de Chile hace más de 70 días, han sido rescatados.
La noticia es definitivamente para alegrarse, pues gracias al trabajo y preocupación del gobierno, estos hombres pueden volver a la superficie. Sin embargo, ya hay quienes andan tratando de adjudicar este logro al “poder de Dios”:
Y supuestamente son “hijos de un mismo padre”…
Aparte de eso (que es algo a lo que las distintas denominaciones nos tienen acostumbrados) me resulta perturbador el que los mineros y sus familias agradezcan a Dios el haberlos salvado.
¿Dónde queda la línea que separa al creyente, del crédulo, y del supino imbécil? Yo pensaría que un creyente de por sí es crédulo hasta cierto punto, pero la línea que los separa del imbécil depende del cristal por el cual se mire. Consideremos por ejemplo:
Este tipo es, a todas luces, alguien muy poco inteligente y seguro con cierto grado de problemas mentales. Pero también parece ser un fervoroso creyente, quien puso su fe en Dios para que lo salve de los leones, quienes fieles a su naturaleza, no dejaron pasar el suculento y estúpido almuerzo, sin importar cuanto haya confiado este tipo en Dios.
Qué cosa tan maravillosa es la fe.
Ahora consideremos esto:
¿Cuan crédulo y cuán ignorante se necesita ser para pensar que la virgen se va a aparecer en un tomate podrido? Yo creo que mucho, bastante, pero aparentemente pensar eso es tener demasiado en alto mi idea de los seres humanos.
Considerando los problemas que hay alrededor de todo el mundo, considerando la cantidad de gente que sufre y considerando el tipo de problemas de los que sufre (hambre, guerra, violencia, enfermedades, etc) ¿Es la virgen María tan jodida como para simplemente aparecer en un tomate? ¿Sin milagros ni nada para los necesitados?
Como dirían los gringos, “what a bitch”. Pero la fe no se fija en eso. La fe es excelente para tirar la razón por la ventana. Y además, la virgencita ya nos tiene acostumbrados a sus inútiles apariciones.
Y por último, yendo a los mineros
Este minero agradeció a Dios, al igual que muchos otros, por haber sobrevivido tanto tiempo bajo tierra. El pobre hombre cree que Dios lo ayudó en esta desgracia a salir bien librado.
Lo que Rojas (y muchos otros crédulos, rayanos en la estupidez) no consideran es que si Dios es tan poderoso como para ayudar a alguien a salir de un apuro, necesariamente habría tenido el poder de evitar tal desgracia. En otras palabras, Dios ayuda a reparar el daño que este mismo hace. Qué tipo tan desgraciado.
O, podemos suponer, que si existe un dios, este no se interesa por lo que hacemos o dejamos de hacer. O simplemente no existe un dios, que en la práctica es lo mismo.
Ahora, yo puedo entender que el pobre minero no haga tal razonamiento. Va a sonar feo, pero asumo que el que es minero no tiene una gran educación y no se preocupa por temas tan abstractos.
Lo que sí me hace dar un tremendo “facepalm” es esto:
¿El presidente? Carajo ¿acaso no se supone que el presidente es alguien con el suficiente grado de educación para saber atribuir éxitos a quien corresponde? Bueno, considerando a los presidentes de Perú y Bolivia y la estupidez de la que hacen gala, supongo que no estamos hablando de la gente más preparada y serena.
Y por último, si se le da gracias a Dios por haber sacado con vida a los mineros en esta ocasión, ¿Por qué no se le pide cuentas por los muertos en Navarra y El Bierzo? ¿O en una mina de oro en Ghana? ¿O en un alud en Afganistán? ¿O en las minas de carbón en China?
Ahí sí hay solamente mutis y resignacion. Y es que estamos hablando de gente crédula y/o imbécil.
Gracias a la tecnología se tiene la capacidad de sacar a los mineros.
El derrumbe fue "un acto de Dios"
La noticia es definitivamente para alegrarse, pues gracias al trabajo y preocupación del gobierno, estos hombres pueden volver a la superficie. Sin embargo, ya hay quienes andan tratando de adjudicar este logro al “poder de Dios”:
Iglesias rivales claman crédito por el milagro
Clérigos evangélicos, adeventistas y católicos están pugnando por atribuir a su fe el esperado rescate de los mineros atrapados.
Las tres denominaciones cristiana han atribuído el crédito de lo que dicen es intervención divina en la supervivencia - e inminente rescate - de los 33 hombres que han pasado 67 días dentro de la Tierra.
"Dios me ha hablado claramente y ha dirigido mi mano en cada paso del rescate" dijo Carlos Parra Díaz, un pastor adventista del séptimo día en la mina San José. "Él quiere que los mineros sean rescatados y yo soy su instrumento
Algunos metros más lejos habla Caspar Quintana, el obispo católico de Copiapo, allí preparó un altar y dijo a la cámaras. "Dios ha escuchado nuestras plegarias" dijo el obispo "He recibido los comentarios de estímulo de todo el mundo. Déjenos dar gracias"
En otro punto se encuentra el predicador evangélico Javier Soto cantando con una guitarra. "Él escucha la música" dice el pastor."
Y supuestamente son “hijos de un mismo padre”…
Aparte de eso (que es algo a lo que las distintas denominaciones nos tienen acostumbrados) me resulta perturbador el que los mineros y sus familias agradezcan a Dios el haberlos salvado.
¿Dónde queda la línea que separa al creyente, del crédulo, y del supino imbécil? Yo pensaría que un creyente de por sí es crédulo hasta cierto punto, pero la línea que los separa del imbécil depende del cristal por el cual se mire. Consideremos por ejemplo:
Un león del zoo de Kiev devora a un hombre que entró en su jaula al grito de "Dios me salvará"Un hombre fue devorado por un león del zoo de Kiev después de que se introdujera en la jaula al grito de "Dios me salvará, si existe", según informó el lunes un funcionario del zoo.
El hombre gritó "Dios me salvará", mientras bajaba por una cuerda para colarse en el recinto.
Al llegar, se quitó los zapatos y se acercó a los leones. Entonces, "un león fue directamente hacia él, lo derribó y y le cortó la arteria carótida", precisó.
El suceso tuvo lugar el domingo por la tarde cuando el zoo estaba atestado de visitantes.
Este tipo es, a todas luces, alguien muy poco inteligente y seguro con cierto grado de problemas mentales. Pero también parece ser un fervoroso creyente, quien puso su fe en Dios para que lo salve de los leones, quienes fieles a su naturaleza, no dejaron pasar el suculento y estúpido almuerzo, sin importar cuanto haya confiado este tipo en Dios.
Qué cosa tan maravillosa es la fe.
Ahora consideremos esto:
¿Cuan crédulo y cuán ignorante se necesita ser para pensar que la virgen se va a aparecer en un tomate podrido? Yo creo que mucho, bastante, pero aparentemente pensar eso es tener demasiado en alto mi idea de los seres humanos.
Considerando los problemas que hay alrededor de todo el mundo, considerando la cantidad de gente que sufre y considerando el tipo de problemas de los que sufre (hambre, guerra, violencia, enfermedades, etc) ¿Es la virgen María tan jodida como para simplemente aparecer en un tomate? ¿Sin milagros ni nada para los necesitados?
Como dirían los gringos, “what a bitch”. Pero la fe no se fija en eso. La fe es excelente para tirar la razón por la ventana. Y además, la virgencita ya nos tiene acostumbrados a sus inútiles apariciones.
Y por último, yendo a los mineros
Esteban Rojas agradece a DiosEsteban Rojas, de 44 años, subió a la superficie este miércoles y se convirtió en el 18º rescatado de los 33 mineros atrapados desde el 5 de agosto en la mina San José, en el norte de Chile, constató la AFP.
Rojas, casado y encargado de mantenimiento, emergió a las 14H50 (17H50 GMT) luego de recorrer un ducto de 622 m de extensión y 66 cm de diámetro.
Al salir, se arrodilló y puso sus manos al cielo. Luego abrazó a su mujer Jessica Yáñez, a quien -después de 25 años de matrimonio civil- le prometió casarse por la Iglesia en una carta que le envió desde el fondo de la mina.
Este minero agradeció a Dios, al igual que muchos otros, por haber sobrevivido tanto tiempo bajo tierra. El pobre hombre cree que Dios lo ayudó en esta desgracia a salir bien librado.
Lo que Rojas (y muchos otros crédulos, rayanos en la estupidez) no consideran es que si Dios es tan poderoso como para ayudar a alguien a salir de un apuro, necesariamente habría tenido el poder de evitar tal desgracia. En otras palabras, Dios ayuda a reparar el daño que este mismo hace. Qué tipo tan desgraciado.
O, podemos suponer, que si existe un dios, este no se interesa por lo que hacemos o dejamos de hacer. O simplemente no existe un dios, que en la práctica es lo mismo.
Ahora, yo puedo entender que el pobre minero no haga tal razonamiento. Va a sonar feo, pero asumo que el que es minero no tiene una gran educación y no se preocupa por temas tan abstractos.
Lo que sí me hace dar un tremendo “facepalm” es esto:
Piñera agradece a Dios por rescate de mineroEl presidente de Chile, Sebastián Piñera, agradeció esta medianoche a Dios por el rescate del primer minero atrapado en la mina San José y expresó su alegría por haberlo conseguido luego de dos meses de esfuerzos.
Florencio Ávalos regresó a la superficie en medio de un ambiente festivo en todo Chile, cuyos habitantes siguieron a través de la televisión las operaciones de rescate.
'Hoy podemos sentirmos más orgullosos que nunca de ser chilenos', dijo Piñera en un improvisado mensaje desde el exterior de la mina San José en el que también agradeció a todos los rescatistas.
¿El presidente? Carajo ¿acaso no se supone que el presidente es alguien con el suficiente grado de educación para saber atribuir éxitos a quien corresponde? Bueno, considerando a los presidentes de Perú y Bolivia y la estupidez de la que hacen gala, supongo que no estamos hablando de la gente más preparada y serena.
Y por último, si se le da gracias a Dios por haber sacado con vida a los mineros en esta ocasión, ¿Por qué no se le pide cuentas por los muertos en Navarra y El Bierzo? ¿O en una mina de oro en Ghana? ¿O en un alud en Afganistán? ¿O en las minas de carbón en China?
Ahí sí hay solamente mutis y resignacion. Y es que estamos hablando de gente crédula y/o imbécil.
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Monday, October 11, 2010
Cipriani: Cobardía e Hipocresía. Por Mario Vargas Llosa
Este artículo apareció el 12 de diciembre de 2002 en el diario El País. El reciente Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa hace notar su rechazo antes las políticas de ese sátrapa que ocupa el lugar de Cardenal en el Perú, Juan Luis Cipriani
Cobardía e Hipocresía
EL cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, habla a veces con una claridad tremante. En su homilía del 24 de noviembre, en la catedral de Lima, por ejemplo, llamó `cobardes e hipócritas' a los legisladores peruanos que, dos meses antes, habían considerado, en la revisión de la Constitución que se halla en marcha, exceptuar, dentro de la prohibición del aborto que consigna la carta constitucional, los casos en que el parto pondría en peligro la vida de la madre.
El Presidente de la Conferencia Episcopal del Perú, monseñor Luis Bambarén -quien, a diferencia de Cipriani, tiene unas sólidas credenciales de lucha en favor de los derechos humanos en la historia reciente del Perú- se apresuró a pedir excusas a los congresistas peruanos por el insulto, y, reiterando la oposición de la Iglesia católica al aborto, explicó que aquel exabrupto no comprometía a la Institución, sólo a su exaltado autor.
Juan Luis Cipriani no pasará a la historia por su vuelo intelectual, del que, a juzgar por sus sermones, está un tanto desprovisto, ni por su tacto, del que adolece por completo, sino por haber sido el primer religioso del Opus Dei en obtener el capelo cardenalicio, y por su complicidad con la dictadura de Montesinos y Fujimori, a la que apoyó de una manera que sonroja a buen número de católicos peruanos, que fueron sus víctimas y la combatieron. La frase que lo ha hecho famoso es haber proclamado, en aquellos tiempos siniestros en que la dictadura asesinaba, torturaba, hacía desaparecer a opositores y robaba como no se ha robado nunca en la historia del Perú, que `los derechos humanos son una cojudez' (palabrota peruana equivalente a la española `gilipollez'). Porque el cardenal Cipriani es un hombre que, cuando se exalta -lo que le ocurre con cierta frecuencia- no vacila en decir unas palabrotas que, curiosamente, en su boca tienen un retintín mucho más cómico que vulgar.
Nadie puede regatearle al arzobispo de Lima su derecho a condenar el aborto, desde luego. Éste es un tema delicado, que enciende los ánimos y provoca la beligerancia verbal -y a veces física- en los países donde se suscita, pero sería de desear que los prelados de la Iglesia que tienen posiciones tan rectilíneas y feroces sobre el tema del aborto, y no vacilan en llamar `asesinos', como él lo ha hecho, a quienes estamos en favor de su despenalización, mostraran una cierta coherencia ética en sus pronunciamientos sobre este asunto.
A quienes estamos a favor de la despenalización jamás se nos ocurriría proponer que el aborto fuera impuesto ni obligatorio, como lo fue en China Popular hasta hace algunos años, o en la India, por un breve período, cuando era Primera Ministra la señora Indira Gandhi. Por el contrario; exigimos que, como ocurre en Inglaterra, España, Francia, Suiza, Suecia y demás democracias avanzadas de Europa occidental, donde la interrupción de la maternidad está autorizada bajo ciertas condiciones, ésta sólo se pueda llevar a la práctica después de comprobar que la decisión de la madre al respecto es inequívoca, sólidamente fundada, y encuadrada dentro de los casos autorizados por la ley. A diferencia de esos fanáticos que en nombre de `la vida' incendian las clínicas donde se practican abortos, acosan y a veces asesinan a sus médicos y enfermeras, y quisieran movilizar a la fuerza pública para obligar a las madres a tener los hijos que no quieren o no pueden tener (aunque sean producto de una violación o en ello les vaya la vida), quienes defendemos la despenalización no queremos obligar a nadie a abortar: sólo pedimos que no se añada la persecución criminal a la tragedia que es siempre para una mujer verse obligada a dar ese paso tremendo y traumático que es interrumpir la gestación.
Desde luego que sería preferible que ninguna mujer tuviera que verse impelida a abortar. Para ello, por lo pronto es indispensable que haya una política avanzada de educación sexual entre los jóvenes y que el Estado y las instituciones de la sociedad civil suministren información y ayuda práctica para la planificación familiar, algo a lo que la Iglesia católica también se opone. Desde luego, la planificación familiar sólo puede consistir en facilitar una información sexual lo más amplia y objetiva posible, y una ayuda a quien la solicita, pero de ninguna manera en inducir, y mucho menos en imponer por la fuerza a las mujeres una determinada norma de conducta en torno a la gestación y el alumbramiento.
La dictadura de Fujimori y de Montesinos no lo entendió así. Estaba a favor de la `planificación familiar' y la puso en práctica, con una crueldad y salvajismo sólo comparables a las castraciones y esterilizaciones forzosas que llevaron a cabo los nazis contra los judíos, negros y gitanos en los campos de concentración. Los agentes de salud -enfermeras y médicos entre ellos- de la dictadura que asoló el Perú entre 1990 y 2000, se valían de estratagemas farsescas, en las campañas que llevaban a cabo en comunidades y aldeas campesinas, principalmente andinas, aunque también selváticas y costeñas, como convocar a las mujeres a vacunarse o a ser examinadas gratuitamente. En verdad, y sin que nunca se enteraran de ello, eran castradas. De este modo fueron esterilizadas más de 300 mil mujeres, según ha revelado una investigación parlamentaria. Fujimori seguía de cerca esta operación -en la que perecieron desangradas o por infecciones millares de campesinas- de la que le informaba semanalmente el Ministerio de Salud.
¿Dónde estaba el furibundo arzobispo de Lima mientras la dictadura de sus simpatías perpetraba, con alevosía y descaro, este crimen de lesa humanidad contra cientos de miles de mujeres humildes? ¿Por qué no salió entonces a defender `la vida' con las destempladas matonerías con que sale ahora a pedir a Dios `que no bendiga' a quienes perpetran abortos? ¿Por qué no ha dicho nada todavía contra esos cobardes e hipócritas funcionarios del fujimorato que perpetraron aquellos crímenes colectivos valiéndose del engaño más innoble para cometerlos?
Las organizaciones feministas le han recordado al arzobispo Cipriani que unos 350 mil abortos `clandestinos' se llevan a cabo anualmente en el Perú. Y pongo clandestinos entre comillas pues, en realidad, no lo son. La periodista Cecilia Valenzuela mostró, en su programa `Entre líneas', la misma noche de la homilía del cardenal, un espeluznante reportaje sobre el `aborto clandestino' en el que aparecían dantescas imágenes de fetos arrojados en las playas de Lima, y avisos publicitarios, en muchos periódicos locales, de comadronas y aborteros que ofrecían al público servicios de `raspados' y `amarre de trompas', sin el menor disimulo. Ésta es una realidad que el Estado no puede soslayar: cientos de miles de mujeres se ven obligadas a abortar y lo hacen en condiciones que reflejan la abismal disparidad social y económica de la sociedad peruana. En el Perú, como en la mayor parte de los países que penalizan el aborto, las mujeres de la clase media y alta abortan en clínicas y hospitales garantizados, y por mano de médicos diplomados. Las pobres -la inmensa mayoría-, en cambio, lo hacen en condiciones misérrimas en las que a menudo la madre se desangra y muere a causa de la falta de higiene y de infecciones. La despenalización del aborto no persigue estimular su práctica; sólo paliar y dar un mínimo de seguridad y cuidado a un quehacer desgraciadamente generalizado y cuyas víctimas principales son las mujeres de escasos recursos. No es inhumanidad y crueldad lo que lleva a innumerables madres a interrumpir el embarazo: es el espanto de traer al mundo niños que llevarán una vida de infierno debido a la miseria y la marginación.
La Iglesia católica tiene todo el derecho de defender su rechazo del aborto y de pedir a los creyentes que no lo practiquen. Pero no tienen derecho alguno de prohibir a quienes no son católicos actuar de acuerdo a sus propios criterios y a su propia conciencia, en una sociedad donde, afortunadamente, el Estado es laico, y -por el momento, al menos-, democrático. La discusión sobre dónde y cuándo comienza la vida no es ni puede ser `científica'. Decidir si el embrión de pocas semanas es ya la vida, o si el nasciturus es sólo un proyecto de vida, no es algo que los médicos o los biólogos decidan en función de la ciencia. Eso es algo que deciden en función de su fe y sus convicciones, como nosotros, los legos. Con el mismo argumento que los partidarios de la penalización proclaman que el embrión es ya `la vida' podría sostenerse que ella existe todavía antes, en el espermatozoide y que, por lo tanto, el orgasmo de cualquier índole constituye un verdadero genocidio. Por eso, en las democracias, es decir en los países más civilizados del mundo, donde impera la ley y la libertad existe, y los derechos humanos se respetan y la violencia social se ha reducido más que en el resto del mundo, esa discusión ha cedido el paso a una tolerancia recíproca donde cada cual actúa en este campo de acuerdo a sus propias convicciones, sin imponérselas a los que no piensan igual, mediante la amenaza, la fuerza o el chantaje. Y en ellos se reconoce que la decisión de tener o no tener un hijo es un derecho soberano de la madre sobre la que nadie debe interferir, siempre y cuando aquella decisión la madre la adopte con plena conciencia y dentro de los plazos y condiciones que fija la ley. Si alguna vez el país en el que nací alcanza los niveles de civilización y democracia de Inglaterra, Suecia, Suiza y (ahora) España, para citar sólo los que conozco más de cerca, ésta será también la política que terminará por imponerse en el Perú. (Ya sé que falta mucho para eso y que yo no lo veré).
Una última apostilla. Cada vez que se le afea su conducta ciudadana y sus úcases políticos, el arzobispo de Lima blande la cruz y, envuelto en la púrpura, clama, epónimo: `¡No ataquen a la Iglesia de Cristo!' Nadie ataca a la Iglesia de Cristo. Yo, por lo menos, no lo hago. Aunque no soy católico, ni creyente, tengo buenos amigos católicos, y entre ellos, incluso, hasta algunos del Opus Dei. Tuve un gran respeto y admiración por el antiguo arzobispo de Lima, el cardenal Vargas Alzamora, que defendió los derechos humanos con gran coraje y serenidad en los tiempos de la dictadura, y que fue una verdadera guía espiritual para todos los peruanos, creyentes o no. Y lo tengo por monseñor Luis Bambarén, o por el padre Juan Julio Wicht, el jesuita que se negó a salir de la embajada del Japón y prefirió compartir la suerte de los secuestrados del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, y por el padre Gustavo Gutiérrez, de cuyo talento intelectual disfruto cada vez que lo leo, pese a mi agnosticismo. Ellos, y muchos otros como ellos entre los fieles peruanos, me parecen representar una corriente moderna y tolerante que cada vez toma más distancia con la tradición sectaria e intransigente de la Iglesia -la de Torquemada y las parrillas de la Inquisición- que el vetusto cardenal Juan Luis Cipriani se empeña en mantener viva contra viento y marea.
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© Mario Vargas Llosa, 2002.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2002.
Cobardía e Hipocresía
EL cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, habla a veces con una claridad tremante. En su homilía del 24 de noviembre, en la catedral de Lima, por ejemplo, llamó `cobardes e hipócritas' a los legisladores peruanos que, dos meses antes, habían considerado, en la revisión de la Constitución que se halla en marcha, exceptuar, dentro de la prohibición del aborto que consigna la carta constitucional, los casos en que el parto pondría en peligro la vida de la madre.El Presidente de la Conferencia Episcopal del Perú, monseñor Luis Bambarén -quien, a diferencia de Cipriani, tiene unas sólidas credenciales de lucha en favor de los derechos humanos en la historia reciente del Perú- se apresuró a pedir excusas a los congresistas peruanos por el insulto, y, reiterando la oposición de la Iglesia católica al aborto, explicó que aquel exabrupto no comprometía a la Institución, sólo a su exaltado autor.
Juan Luis Cipriani no pasará a la historia por su vuelo intelectual, del que, a juzgar por sus sermones, está un tanto desprovisto, ni por su tacto, del que adolece por completo, sino por haber sido el primer religioso del Opus Dei en obtener el capelo cardenalicio, y por su complicidad con la dictadura de Montesinos y Fujimori, a la que apoyó de una manera que sonroja a buen número de católicos peruanos, que fueron sus víctimas y la combatieron. La frase que lo ha hecho famoso es haber proclamado, en aquellos tiempos siniestros en que la dictadura asesinaba, torturaba, hacía desaparecer a opositores y robaba como no se ha robado nunca en la historia del Perú, que `los derechos humanos son una cojudez' (palabrota peruana equivalente a la española `gilipollez'). Porque el cardenal Cipriani es un hombre que, cuando se exalta -lo que le ocurre con cierta frecuencia- no vacila en decir unas palabrotas que, curiosamente, en su boca tienen un retintín mucho más cómico que vulgar.Nadie puede regatearle al arzobispo de Lima su derecho a condenar el aborto, desde luego. Éste es un tema delicado, que enciende los ánimos y provoca la beligerancia verbal -y a veces física- en los países donde se suscita, pero sería de desear que los prelados de la Iglesia que tienen posiciones tan rectilíneas y feroces sobre el tema del aborto, y no vacilan en llamar `asesinos', como él lo ha hecho, a quienes estamos en favor de su despenalización, mostraran una cierta coherencia ética en sus pronunciamientos sobre este asunto.
A quienes estamos a favor de la despenalización jamás se nos ocurriría proponer que el aborto fuera impuesto ni obligatorio, como lo fue en China Popular hasta hace algunos años, o en la India, por un breve período, cuando era Primera Ministra la señora Indira Gandhi. Por el contrario; exigimos que, como ocurre en Inglaterra, España, Francia, Suiza, Suecia y demás democracias avanzadas de Europa occidental, donde la interrupción de la maternidad está autorizada bajo ciertas condiciones, ésta sólo se pueda llevar a la práctica después de comprobar que la decisión de la madre al respecto es inequívoca, sólidamente fundada, y encuadrada dentro de los casos autorizados por la ley. A diferencia de esos fanáticos que en nombre de `la vida' incendian las clínicas donde se practican abortos, acosan y a veces asesinan a sus médicos y enfermeras, y quisieran movilizar a la fuerza pública para obligar a las madres a tener los hijos que no quieren o no pueden tener (aunque sean producto de una violación o en ello les vaya la vida), quienes defendemos la despenalización no queremos obligar a nadie a abortar: sólo pedimos que no se añada la persecución criminal a la tragedia que es siempre para una mujer verse obligada a dar ese paso tremendo y traumático que es interrumpir la gestación.
Desde luego que sería preferible que ninguna mujer tuviera que verse impelida a abortar. Para ello, por lo pronto es indispensable que haya una política avanzada de educación sexual entre los jóvenes y que el Estado y las instituciones de la sociedad civil suministren información y ayuda práctica para la planificación familiar, algo a lo que la Iglesia católica también se opone. Desde luego, la planificación familiar sólo puede consistir en facilitar una información sexual lo más amplia y objetiva posible, y una ayuda a quien la solicita, pero de ninguna manera en inducir, y mucho menos en imponer por la fuerza a las mujeres una determinada norma de conducta en torno a la gestación y el alumbramiento.
La dictadura de Fujimori y de Montesinos no lo entendió así. Estaba a favor de la `planificación familiar' y la puso en práctica, con una crueldad y salvajismo sólo comparables a las castraciones y esterilizaciones forzosas que llevaron a cabo los nazis contra los judíos, negros y gitanos en los campos de concentración. Los agentes de salud -enfermeras y médicos entre ellos- de la dictadura que asoló el Perú entre 1990 y 2000, se valían de estratagemas farsescas, en las campañas que llevaban a cabo en comunidades y aldeas campesinas, principalmente andinas, aunque también selváticas y costeñas, como convocar a las mujeres a vacunarse o a ser examinadas gratuitamente. En verdad, y sin que nunca se enteraran de ello, eran castradas. De este modo fueron esterilizadas más de 300 mil mujeres, según ha revelado una investigación parlamentaria. Fujimori seguía de cerca esta operación -en la que perecieron desangradas o por infecciones millares de campesinas- de la que le informaba semanalmente el Ministerio de Salud.
¿Dónde estaba el furibundo arzobispo de Lima mientras la dictadura de sus simpatías perpetraba, con alevosía y descaro, este crimen de lesa humanidad contra cientos de miles de mujeres humildes? ¿Por qué no salió entonces a defender `la vida' con las destempladas matonerías con que sale ahora a pedir a Dios `que no bendiga' a quienes perpetran abortos? ¿Por qué no ha dicho nada todavía contra esos cobardes e hipócritas funcionarios del fujimorato que perpetraron aquellos crímenes colectivos valiéndose del engaño más innoble para cometerlos?
Las organizaciones feministas le han recordado al arzobispo Cipriani que unos 350 mil abortos `clandestinos' se llevan a cabo anualmente en el Perú. Y pongo clandestinos entre comillas pues, en realidad, no lo son. La periodista Cecilia Valenzuela mostró, en su programa `Entre líneas', la misma noche de la homilía del cardenal, un espeluznante reportaje sobre el `aborto clandestino' en el que aparecían dantescas imágenes de fetos arrojados en las playas de Lima, y avisos publicitarios, en muchos periódicos locales, de comadronas y aborteros que ofrecían al público servicios de `raspados' y `amarre de trompas', sin el menor disimulo. Ésta es una realidad que el Estado no puede soslayar: cientos de miles de mujeres se ven obligadas a abortar y lo hacen en condiciones que reflejan la abismal disparidad social y económica de la sociedad peruana. En el Perú, como en la mayor parte de los países que penalizan el aborto, las mujeres de la clase media y alta abortan en clínicas y hospitales garantizados, y por mano de médicos diplomados. Las pobres -la inmensa mayoría-, en cambio, lo hacen en condiciones misérrimas en las que a menudo la madre se desangra y muere a causa de la falta de higiene y de infecciones. La despenalización del aborto no persigue estimular su práctica; sólo paliar y dar un mínimo de seguridad y cuidado a un quehacer desgraciadamente generalizado y cuyas víctimas principales son las mujeres de escasos recursos. No es inhumanidad y crueldad lo que lleva a innumerables madres a interrumpir el embarazo: es el espanto de traer al mundo niños que llevarán una vida de infierno debido a la miseria y la marginación.
La Iglesia católica tiene todo el derecho de defender su rechazo del aborto y de pedir a los creyentes que no lo practiquen. Pero no tienen derecho alguno de prohibir a quienes no son católicos actuar de acuerdo a sus propios criterios y a su propia conciencia, en una sociedad donde, afortunadamente, el Estado es laico, y -por el momento, al menos-, democrático. La discusión sobre dónde y cuándo comienza la vida no es ni puede ser `científica'. Decidir si el embrión de pocas semanas es ya la vida, o si el nasciturus es sólo un proyecto de vida, no es algo que los médicos o los biólogos decidan en función de la ciencia. Eso es algo que deciden en función de su fe y sus convicciones, como nosotros, los legos. Con el mismo argumento que los partidarios de la penalización proclaman que el embrión es ya `la vida' podría sostenerse que ella existe todavía antes, en el espermatozoide y que, por lo tanto, el orgasmo de cualquier índole constituye un verdadero genocidio. Por eso, en las democracias, es decir en los países más civilizados del mundo, donde impera la ley y la libertad existe, y los derechos humanos se respetan y la violencia social se ha reducido más que en el resto del mundo, esa discusión ha cedido el paso a una tolerancia recíproca donde cada cual actúa en este campo de acuerdo a sus propias convicciones, sin imponérselas a los que no piensan igual, mediante la amenaza, la fuerza o el chantaje. Y en ellos se reconoce que la decisión de tener o no tener un hijo es un derecho soberano de la madre sobre la que nadie debe interferir, siempre y cuando aquella decisión la madre la adopte con plena conciencia y dentro de los plazos y condiciones que fija la ley. Si alguna vez el país en el que nací alcanza los niveles de civilización y democracia de Inglaterra, Suecia, Suiza y (ahora) España, para citar sólo los que conozco más de cerca, ésta será también la política que terminará por imponerse en el Perú. (Ya sé que falta mucho para eso y que yo no lo veré).
Una última apostilla. Cada vez que se le afea su conducta ciudadana y sus úcases políticos, el arzobispo de Lima blande la cruz y, envuelto en la púrpura, clama, epónimo: `¡No ataquen a la Iglesia de Cristo!' Nadie ataca a la Iglesia de Cristo. Yo, por lo menos, no lo hago. Aunque no soy católico, ni creyente, tengo buenos amigos católicos, y entre ellos, incluso, hasta algunos del Opus Dei. Tuve un gran respeto y admiración por el antiguo arzobispo de Lima, el cardenal Vargas Alzamora, que defendió los derechos humanos con gran coraje y serenidad en los tiempos de la dictadura, y que fue una verdadera guía espiritual para todos los peruanos, creyentes o no. Y lo tengo por monseñor Luis Bambarén, o por el padre Juan Julio Wicht, el jesuita que se negó a salir de la embajada del Japón y prefirió compartir la suerte de los secuestrados del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, y por el padre Gustavo Gutiérrez, de cuyo talento intelectual disfruto cada vez que lo leo, pese a mi agnosticismo. Ellos, y muchos otros como ellos entre los fieles peruanos, me parecen representar una corriente moderna y tolerante que cada vez toma más distancia con la tradición sectaria e intransigente de la Iglesia -la de Torquemada y las parrillas de la Inquisición- que el vetusto cardenal Juan Luis Cipriani se empeña en mantener viva contra viento y marea.
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© Mario Vargas Llosa, 2002.
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