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Saturday, April 7, 2012

La caza del gay: Vargas Llosa, entre el cielo y el infierno

Mario Vargas Llosa es una persona que enciende pasiones por muchas razones. Hace poco, por ejemplo, levantó las iras de los animalistas y liberales (entre quienes me suelo incluir) al defender la tauromaquia. A pesar de la admiración que siento por Vargas Llosa, no lo pude defender, aunque ciertamente los ataques más viscerales se veían tan irracionales como el hecho mismo de matar un toro por diversión. Y es que los indignadísimos se limitaban a juzgar a Vargas Llosa por un comentario y una postura sin tomar en cuenta la cantidad de declaraciones que ha hecho. Es decir, no se descalificaba al argumento, sino a la persona. Y leer tal cosa, pues causa cierta verguenza ajena, por no decir otra cosa.

Hoy en su columna de El País, Vargas Llosa explora las causas de la muerte del joven gay chileno Daniel Zamudio a manos de cuatro autodenominados neonazis. Como es de esperarse (y a diferencia de muchos de sus críticos), Vargas Llosa no se queda en la simple nota policial sino que explora de dónde viene el odio al que es distinto (en este caso, a los gays y lesbianas) y es eso lo que critica. Una lectura imperdible para quien está indignado ante tal violencia.


Lo más fácil e hipócrita es atribuir el asesinato de Daniel Zamudio a cuatro bellacos que se autodenominan neonazis. Ellos no son más que la avanzadilla repelente de nuestra tradición homófoba
La noche del tres de marzo pasado, cuatro “neonazis” chilenos, encabezados por un matón apodado Pato Core, encontraron tumbado en las cercanías del Parque Borja, de Santiago, a Daniel Zamudio, un joven y activista homosexual de 24 años, que trabajaba como vendedor en una tienda de ropa.
Durante unas seis horas, mientras bebían y bromeaban, se dedicaron a pegar puñetazos y patadas al maricón, a golpearlo con piedras y a marcarle esvásticas en el pecho y la espalda con el gollete de una botella. Al amanecer, Daniel Zamudio fue llevado a un hospital, donde estuvo agonizando durante 25 días al cabo de los cuales falleció por traumatismos múltiples debidos a la feroz golpiza.
Este crimen, hijo de la homofobia, ha causado una viva impresión en la opinión pública no sólo chilena, sino sudamericana, y se han multiplicado las condenas a la discriminación y al odio a las minorías sexuales, tan profundamente arraigados en toda América Latina. El presidente de Chile, Sebastián Piñera, reclamó una sanción ejemplar y pidió que se activara la dación de un proyecto de ley contra la discriminación que, al parecer, desde hace unos siete años vegeta en el Parlamento chileno, retenido en comisiones por el temor de ciertos legisladores conservadores de que esta ley, si se aprueba, abra el camino al matrimonio homosexual.
Ojalá la inmolación de Daniel Zamudio sirva para sacar a la luz pública la trágica condición de los gays, lesbianas y transexuales en los países latinoamericanos, en los que, sin una sola excepción, son objeto de escarnio, represión, marginación, persecución y campañas de descrédito que, por lo general, cuentan con el apoyo desembozado y entusiasta del grueso de la opinión pública.
Lo más fácil y lo más hipócrita en este asunto es atribuir la muerte de Daniel Zamudio sólo a cuatro bellacos pobres diablos que se llaman neonazis sin probablemente saber siquiera qué es ni qué fue el nazismo. Ellos no son más que la avanzadilla más cruda y repelente de una cultura de antigua tradición que presenta al gay y a la lesbiana como enfermos o depravados que deben ser tenidos a una distancia preventiva de los seres normales porque corrompen al cuerpo social sano y lo inducen a pecar y a desintegrarse moral y físicamente en prácticas perversas y nefandas.
Esta idea del homosexualismo se enseña en las escuelas, se contagia en el seno de las familias, se predica en los púlpitos, se difunde en los medios de comunicación, aparece en los discursos de políticos, en los programas de radio y televisión y en las comedias teatrales donde el marica y la tortillera son siempre personajes grotescos, anómalos, ridículos y peligrosos, merecedores del desprecio y el rechazo de los seres decentes, normales y corrientes. El gay es, siempre, “el otro”, el que nos niega, asusta y fascina al mismo tiempo, como la mirada de la cobra mortífera al pajarillo inocente.
En semejante contexto, lo sorprendente no es que se cometan abominaciones como el sacrificio de Daniel Zamudio, sino que éstas sean tan poco frecuentes. Aunque, tal vez, sería más justo decir tan poco conocidas, porque los crímenes derivados de la homofobia que se hacen públicos son seguramente sólo una mínima parte de los que en verdad se cometen. Y, en muchos casos, las propias familias de las víctimas prefieren echar un velo de silencio sobre ellos, para evitar el deshonor y la vergüenza.
Aquí tengo bajo mis ojos, por ejemplo, un informe preparado por el Movimiento Homosexual de Lima, que me ha hecho llegar su presidente, Giovanny Romero Infante. Según esta investigación, entre los años 2006 y 2010 en el Perú fueron asesinadas 249 personas por su “orientación sexual e identidad de género”, es decir una cada semana. Entre los estremecedores casos que el informe señala, destaca el de Yefri Peña, a quien cinco “machos” le desfiguraron la cara y el cuerpo con un pico de botella, los policías se negaron a auxiliarla por ser un travesti y los médicos de un hospital a atenderla por considerarla “un foco infeccioso” que podía transmitirse al entorno.
Estos casos extremos son atroces, desde luego. Pero, seguramente, lo más terrible de ser lesbiana, gay o transexual en países como Perú o Chile no son esos casos más bien excepcionales, sino la vida cotidiana condenada a la inseguridad, al miedo, la conciencia permanente de ser considerado (y llegar a sentirse) un réprobo, un anormal, un monstruo. Tener que vivir en la disimulación, con el temor permanente de ser descubierto y estigmatizado, por los padres, los parientes, los amigos y todo un entorno social prejuiciado que se encarniza contra el gay como si fuera un apestado. ¿Cuántos jóvenes atormentados por esta censura social de que son víctimas los homosexuales han sido empujados al suicidio o a padecer de traumas que arruinaron sus vidas? Sólo en el círculo de mis conocidos yo tengo constancia de muchos casos de esta injusticia garrafal que, a diferencia de otras, como la explotación económica o el atropello político, no suele ser denunciada en la prensa ni aparecer en los programas sociales de quienes se consideran reformadores y progresistas.
Porque, en lo que se refiere a la homofobia, la izquierda y la derecha se confunden como una sola entidad devastada por el prejuicio y la estupidez. No sólo la Iglesia católica y las sectas evangélicas repudian al homosexual y se oponen con terca insistencia al matrimonio homosexual. Los dos movimientos subversivos que en los años ochenta iniciaron la rebelión armada para instalar el comunismo en el Perú, Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Tupac Amaru), ejecutaban a los homosexuales de manera sistemática en los pueblos que tomaban para liberar a esa sociedad de semejante lacra (ni más ni menos que lo hizo la Inquisición a lo largo de toda su siniestra historia).
Liberar a América Latina de esa tara inveterada que son el machismo y la homofobia —las dos caras de una misma moneda— será largo, difícil y probablemente el camino hacia esa liberación quedará regado de muchas otras víctimas semejantes al desdichado Daniel Zamudio. El asunto no es político, sino religioso y cultural. Fuimos educados desde tiempos inmemoriales en la peregrina idea de que hay una ortodoxia sexual de la que sólo se apartan los pervertidos y los locos y enfermos, y hemos venido transmitiendo ese disparate aberrante a nuestros hijos, nietos y bisnietos, ayudados por los dogmas de la religión y los códigos morales y costumbres entronizados. Tenemos miedo al sexo y nos cuesta aceptar que en ese incierto dominio hay opciones diversas y variantes que deben ser aceptadas como manifestaciones de la rica diversidad humana. Y que en este aspecto de la condición de hombres y mujeres también la libertad debe reinar, permitiendo que, en la vida sexual, cada cual elija su conducta y vocación sin otra limitación que el respeto y la aquiescencia del prójimo.
Las minorías que comienzan por aceptar que una lesbiana o un gay son tan normales como un heterosexual, y que por lo tanto se les debe reconocer los mismos derechos que a aquél —como contraer matrimonio y adoptar niños, por ejemplo— son todavía reticentes a dar la batalla a favor de las minorías sexuales, porque saben que ganar esa contienda será como mover montañas, luchar contra un peso muerto que nace en ese primitivo rechazo del “otro”, del que es diferente, por el color de su piel, sus costumbres, su lengua y sus creencias y que es la fuente nutricia de las guerras, los genocidios y los holocaustos que llenan de sangre y cadáveres la historia de la humanidad.
Se ha avanzado mucho en la lucha contra el racismo, sin duda, aunque sin extirparlo del todo. Hoy, por lo menos, se sabe que no se debe discriminar al negro, al amarillo, al judío, al cholo, al indio, y, en todo caso, que es de muy mal gusto proclamarse racista.
No hay tal cosa aún cuando se trata de gays, lesbianas y transexuales, a ellos se los puede despreciar y maltratar impunemente. Ellos son la demostración más elocuente de lo lejos que está todavía buena parte del mundo de la verdadera civilización.


Ciertamente, un impecable a artículo que no se fija solo en el hecho, sino en todo lo que hay de esto y en todos los culpables indirectos, entre ellos la iglesia católicas y grupos evangélicos, que siguen con las arcaicas ideas de que el homosexual es alguien sin el mismo valor que una persona "normal". Nuestra oposición y crítica a la iglesia es justamente por actitudes como éstas, donde por el simple hecho de ser distinto, alguien tiene que pasarla peor debido a alguna justificación supuestamente divina. Y es ahí donde el asunto de ser meramente con la iglesia, sino con la religión en general, donde no se requiere más explicación que "Porque Dios lo dice así" y quien no se alinea con esta pensamiento, está reservando su ticket al infierno. 


 Sin embargo, el punto más flaco de la columna de Vargas Llosa es que argumenta que tanto la izquierda como la derecha se unen para discriminar al homosexual. Como ejemplo de la izquierda, Vargas Llosa pone a grupos terroristas que son el extremo de las posturas de izquierda, mientras que en la derecha tenemos por lo general grupos religiosos que son percibidos como algo normal dentro de la sociedad a pesar del odio e intolerancia que destilan. No están pues la derecha e izquieda exactamente representadas, y ahí Vargas Llosa peca al pretender balancear el asunto. A pesar de ello, el artículo es bastante bueno y merece la pena leerse, especialmente para aquellos que no dudaron en ladrarle ante su defensa de la tauromaquia.

Monday, May 9, 2011

La Hora De La Verdad: Cuando un Nóbel le dice sus verdades a un Cardenal

Para pocos es desconocido lo despreciable y cínico que es el Cardenal Juan Luis Cipriani especialmente cuando se trata de asuntos de derechos humanos y salud reproductiva, asuntos en los cuales el cardenal sigue los anquilosados lineamientos de la rama más conservadora de la iglesia católica (o sea, la que tiene la sartén por el mango). Y usando el poder que tiene como cardenal y máxima autoridad de la iglesia católica en el Perú, se da la libertad de ladrar a los cuatro vientos sus ideas, y así también, callar las que no le convienen. Y considerando lo cucufato que es el Perú, muy pocos medios o personajes se animan a decirle sus verdades.

Afortunadamente existe Mario Vargas Llosa.

En su última columna, Vargas Llosa le da con palo al cardenal Cipriani por apoyar abiertamente la candidatura de Keiko Fujimori, quien lleva en su carrera a la presidencia muchos de los mismos ideales y equipo técnico de su padre, quien purga una condena por violación de derechos humanos, entre otras cosas.

La hora de la verdad

Aunque no soy creyente, tengo muchos amigos católicos, sacerdotes y laicos, y un gran respeto por quienes tratan de vivir de acuerdo con sus convicciones religiosas. El cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, en cambio, me parece representar la peor tradición de la Iglesia, la autoritaria y oscurantista, la del Index, Torquemada, la Inquisición y las parrillas para el hereje y el apóstata, y su reciente autodefensa, Los irrenunciables derechos humanos, publicada el 1 de mayo en Lima, justifica todas las críticas que en nombre de la democracia y los derechos humanos recibe con frecuencia y, principalmente, de los sectores católicos más liberales.

Este primer párrafo es excelente. Vargas Llosa afirma su falta de creencia en Dios, sin que eso melle su amistad con quienes sí lo hacen, y a la vez le da un tremendo palazo a Cipriani. Sin embargo, me parece que Vargas Llosa pretende deslindar la "mala" iglesia católica de los católicos "buenos", los liberales, haciendo a Cipriani representar a los primeros. Sin embargo, si comparamos a Cipriani con Ratzinger, el lider absoluto de la iglesia, vemos que no andan muy lejos. Los católicos "buenos" de Vargas Llosa pasarían así a ser para la iglesia católicos mediocres, que no tienen a suficiente convicción que tiene Cipriani o los conservadores de esa misma camada para obedecer y vivir las enseñanzas de la iglesia católico.

Particularmente, creo que esos "católicos no practicantes" que podrían ser hipócritas a los ojos de Ratzinger y Cipriani, en generan son gente bastante agradable que no jode y vive su vida tranquila.

En su texto, desmiente que dijera jamás que "los derechos humanos son una cojudez" (palabrota peruana equivalente a la española gilipollez) y afirma que, en realidad, a quien aplicó tal grosería fue sólo a la Coordinadora de Derechos Humanos, una institución dirigida por una ex religiosa española, Pilar Coll, que durante los años de las grandes matanzas perpetradas por la dictadura fujimorista llevó a cabo una admirable campaña de denuncia de los crímenes, torturas y desapariciones que se cometían con el pretexto de la lucha contra Sendero Luminoso. (La Comisión de la Verdad, que presidió el ex rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Salomón Lerner, ha documentado estas atrocidades).

El cardenal Cipriani desmiente, además, que durante la dictadura hubiera guardado silencio frente a uno de los crímenes colectivos más abyectos cometidos por Fujimori y sus cómplices: la esterilización, mediante engaños, de unas 300.000 campesinas a las que, por orden del dictador, los equipos del Ministerio de Salud ligaron las trompas o castraron, asegurándoles que se trataba de simples vacunas o de una medida que sólo temporalmente les impediría concebir. ¿Cómo es que nadie se enteró en el Perú de que el arzobispo había encontrado reprobables estos atropellos? Porque en vez de protestar públicamente ¡se limitó a hacerlo en privado, es decir, susurrando con discreción su protesta en el pabellón de la oreja del dictador!

El cardenal no suele ser tan discreto cuando se trata de protestar contra los preservativos y no se diga el aborto, o, para el caso, contra quienes en esta segunda vuelta de las elecciones peruanas apoyamos a Ollanta Humala. Por ejemplo, por haberlo hecho yo, me ha amonestado de manera estentórea y nada menos que desde el púlpito de la catedral de Lima, durante un oficio. Me ha pedido "más seriedad" y ha clamado que cómo me atrevo a dar consejos por quién votar a los peruanos. El cardenal está nervioso y olvida que todavía hay libertad en el Perú y que cualquier ciudadano puede opinar sobre política sin pedirle permiso a él ni a nadie. (Claro que las cosas cambiarán si sale elegida la señora Fujimori, la candidata a la que él bendecía en aquel mismo oficio en el que me prohibía opinar).

Previamente Vargas Llosa había afirmado que tener que elegir a Keiko o Humala sería como elegir entre el cáncer y el sida. Lamentablemente las circunstancias obligarán a los votantes a hacerlo, y considerando lo vergonzoso que es el tropezarse con la misma piedra, puedo entender que Vargas Llosa le dé su apoyo a Humala, pues es evidente que lo hace con bastante asco. Lo siento, pero yo no puedo hacer eso. Yo aun tengo muy en cuenta lo que significa Humala. Si tuviera que votar lo haría viciado.

No sólo el arzobispo de Lima se excede en estos días de campaña y guerra sucia en el Perú. Una connotada fujimorista, también del Opus Dei, como monseñor Cipriani, Martha Chávez, ha amenazado públicamente al presidente del Poder Judicial, el doctor César San Martín, eminente jurista que presidió el Tribunal que condenó a 25 años de cárcel a Fujimori por crímenes contra los derechos humanos, con esta frase profética: "Tendrá que responder en su momento".

A veces a uno le entran dudas, pero siempre sale algo que confirma lo despreciable que es la gentita del Opus Dei.

Pero acaso lo más inquietante sean los intentos de purgar a los medios de comunicación, principalmente los canales de televisión, de periodistas independientes y probos, que se resisten a convertirse en propagandistas de la candidatura de la hija del ex dictador. El caso más sonado ha sido el de Patricia Montero, productora general, y José Jara, productor de un noticiero, ambos del Canal N, despedidos, según ha denunciado la primera de ellos, porque los directivos estimaron que habían "humanizado" al candidato Humala en los boletines (¿pretendían que lo animalizaran, más bien?). Estos despidos han provocado una verdadera tempestad de críticas, entre ellas de los más prestigiosos periodistas del propio Canal N, en defensa de sus colegas, y amenazas de renuncias masivas en caso de que continúe la caza de brujas. Lo cual parece haber paralizado por el momento el despido de la prestigiosa y experimentada periodista del Canal 4, Laura Puertas, a quien se reprocha también, por lo visto, padecer de total ineptitud para el servilismo.

Finalmente, una denuncia publicada el miércoles 4 de mayo en el diario La Primera, que dirige César Lévano, precisa que el gobierno, apoyado por empresarios mineros, habría encargado a los servicios de inteligencia del Estado un Plan Sábana, destinado a destruir la campaña de Ollanta Humala con los métodos delictuosos -espionaje telefónico, operaciones calumniosas y escandalosas filtradas a la prensa para minar su prestigio y el de su entorno familiar utilizando mercenarios y provocadores- con que, en 1990, el gobierno conspiró contra mí cuando yo fui candidato a la Presidencia. La denuncia proviene, al parecer, de militares y civiles del servicio de inteligencia indignados de que se los utilice para fines políticos ajenos a su misión específica.

Todo esto merece una reflexión. Si estas cosas comienzan a ocurrir ahora, en plena campaña electoral, ¿no es fácil imaginar lo que sucedería en el caso de que la señora Fujimori ganara las elecciones y la dictadura fuji-montesinista recuperara el poder oleada y sacramentada por los votos de los peruanos? Los periodistas decentes y responsables expulsados de sus puestos no serían cinco (también han sido despedidos tres de Radio Líder, Arequipa) sino decenas, y las radios, los canales y los periódicos convertidos, como lo estuvieron durante los ocho años de oprobio que vivió el Perú, en órganos de propaganda encargados de justificar todas las tropelías y tráficos del poder y de cubrir de injurias y calumnias a sus críticos. No sólo el doctor César San Martín sería víctima de su probidad y entereza magisterial. Todo el Poder Judicial se vería una vez más sometido a una criba implacable para apartar de sus cargos, o reducirlos a la total inoperancia, a los jueces que se resistieran a ser meros instrumentos dóciles del gobierno. Reparticiones públicas, Fuerzas Armadas, empresas privadas, serían, otra vez, incorporadas al sistema autoritario para que, de nuevo, el país entero quedara a merced del puñadito de forajidos que, entre los años 1990 y 2000, perpetró el más espectacular saqueo de las arcas públicas y los más horrendos crímenes contra los derechos humanos de nuestra historia.

Quienes quieren semejante futuro para el Perú no son muchos, pero sí son poderosos y, como están asustados con la perspectiva de que Humala gane las elecciones y cometa los desafueros y horrores de Hugo Chávez en Venezuela, están dispuestos a cualquier cosa con tal de asegurar el triunfo de Keiko Fujimori. Extraordinaria paradoja: con tal de evitar el socialismo, que venga el fascismo. ¡Y todo eso, en nombre de la libertad, de la democracia y del mercado libre!


Yo no creo que haya nada que le garantice al Perú que Humala no se hará también un fascista, con más salsa roja tal vez, pero fascista al fin y al cabo. Lo que entiendo sí, es que elegir a Keiko es legitimar todo lo que hizo el gobierno fujimorista durante los 90s. Humala tranquilamente podría hacerse del poder absoluto, bajo pretexto de que "el modelo anterior no ha funcionado, ahora vamos a hacer algo que funcionará, les guste o no".

En verdad, la disyuntiva que tiene por delante el Perú en las elecciones del 5 de junio próximo, es la de salvaguardar la imperfecta democracia política que tenemos desde hace 10 años y una política de mercado y de apertura al mundo que ha hecho crecer nuestra economía de manera notable, o volver a un régimen dictatorial que, guardando ciertas formas institucionales, restablecería en el gobierno a quienes, en complicidad con Fujimori y Montesinos, destruyeron el Estado de derecho, se enriquecieron cometiendo las más descaradas pillerías y durante ocho años perpetraron horrendos crímenes con el pretexto de combatir la subversión. A mi juicio en semejante disyuntiva la peor opción es Keiko Fujimori.

Ollanta Humala ha hecho un "Compromiso con el Pueblo Peruano" que conviene tener muy presente, no sólo a la hora de votar por él, sino sobre todo una vez que acceda al gobierno, para recordárselo cada vez que parezca apartarse de alguna de sus promesas. No habrá reelección. Se cumplirá con los tratados firmados, no habrá estatizaciones, se respetará el derecho de propiedad y las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFPs), la lucha contra la corrupción será implacable, habrá una política de apoyo social sostenida, sobre todo en los campos de la educación y la salud pública, para los sectores más desfavorecidos, así como estímulos y facilidades para la formalización de las empresas. El respeto al pluralismo informativo, a la independencia de la prensa y al derecho de crítica será total. Estos puntos han sido expresados, además, de viva voz, en las reuniones que ha celebrado el candidato con la confederación de empresarios y las asociaciones de prensa. Todo esto es perfectamente compatible con la democracia y con las políticas de mercado vigentes y tiende a perfeccionarlas, no a recortarlas ni menos suprimirlas. No sólo depende de la voluntad de Ollanta Humala que este compromiso se cumpla. Depende, sobre todo, de que quienes lo apoyemos en la elección del 5 de junio dejemos claro que es a estas políticas a las que damos nuestro apoyo y que nos mantendremos firmes exigiendo su cumplimento


Cabe agregar que a estas alturas aun existen quienes pretendan descalificar a Mario Vargas Llosa por una serie de razones que más parecen manotazos de ahogado del que no tiene más argumento que el ladrido rabioso. "Que Vargas Llosa es un español", cuando sus obras reflejan un profundo conocimiento y análisis del Perú. "Que Vargas Llosa es un neoliberal" cuando reconoce lo bueno del libre comercio, pero siempre antepone los derechos humanos a este, por ejemplo, al apoyar a Humala antes que a Keiko. "Que Vargas Llosa es un resentido contra Fujimori", cuando cualquiera con dos dedos de frente estaría resentido ante la corrupción que generó ese régimen. "Que Vargas Llosa no cree en Dios" cuando... esto no tengo siquiera que explicarlo.

Wednesday, April 13, 2011

El Post Electoral: Los santos elegidos

La religión es considerada por la gente común como verdadera, por los sabios como falsa, y por los gobernantes como útil - Seneca

Hace unos días el Perú celebró sus elecciones generales para (espero solamente) los cinco próximos años. Siendo este un blog sobre religión, no veia mucho motivo para comentar específicamente sobre el asunto, pero considerando lo ligadas que estan religión y política, podría sacar algunas conclusiones sobre algunos aspectos de esta eleccion y de sus representantes.

Primero lo primero. De los 5 candidatos “fuertes” que habían, pasaron a segunda vuelta Ollanta Humala y Keiko Fujimori. Ambos representan el autoritarismo en cierta medida. La cercanía de Humala con Chavez y de Fujimori con su padre los hacen indignos de llevar las riendas de un país que por 10 años ha, mal que bien, preservado la democracia en un modelo liberal que lo ha ayudado a crecer económicamente, aunque tal crecimiento no haya sido evidente para todos.



Para bien o para mal, esta es la realidad


1. Keiko Fujimori

Dice Mario Vargas Llosa

Aquí en Lima tenemos un arzobispo que es del Opus Dei, monseñor Cipriani, un fujimorista destacado, cómplice descarado de la dictadura que se hizo famoso por una frase: dijo que “los derechos humanos son una cojudez”, palabrota peruana que equivale a gilipollez. Uno de los crímenes peores que cometió la dictadura de Fujimori fue una castración de miles de campesinas de los Andes, a las que el Ministerio de Salud engañó diciéndoles que las iban a vacunar y en realidad las castraron, las esterilizaron a todas. ¡A miles! El arzobispo Cipriani, que echa sapos y culebras cada vez que se menciona el aborto, no dijo una sola palabra ante esta monstruosidad criminal, sobre la que reina un silencio ominoso.

Fuera de las razones políticas por las que Keiko Fujimori me desagrade, está el hecho de que tiene muy cerca de a un personaje tan despreciable como Cipriani. Ya en algún momento Vargas Llosa le dijo sus verdades al Cardenal, verdades con las cuales coincido. A eso añadámosle que el vicepresidente por el partido de Fujimori no es otro que Rafael Rey, otro católico ultra conservador, también miembro del Opus Dei y que ciertamente va a hacer lo que esté a su alcance para perpetuar los privilegios de la iglesia católica.

Pero hay algo más. A Alberto Fujimori se le recuerda como una especie de Mesías que nos salvó del terrorismo y convirtió el infierno que era el Perú de los 80s en un país más estable (lo cual no es enteramente cierto). Y es esa mentalidad de Mesías la que me enferma, aquella que considera a un hombre un caudillo que nos sacará del hoyo, y si no él, sus descendientes. Keiko tiene los seguidores que tiene no por ella, sino por su padre, quien ahora se pudre en la carcel. Pero no, el Salvador esta vez envía a su hija (y también a su hijo) a salvar al mund… digo, al Perú, gracias a la sangre que lleva en sus venas.


2. Ollanta Humala

Ollanta Humala tiene el apoyo de los sectores pobres, marginados, que no han visto ni gozado el crecimiento económico del que el Perú se ha ufanado durante los últimos años. Sin embargo, pesa sobre él la mentalidad de caudillo militar que viene a poner orden y a repartir justicia a los desposeídos. Y es esa mentalidad militar, tan similar a la religiosa, la que no me hace gracia. En una institución donde la obediencia se valora tanto y el entrenamiento para resolver los problemas por la razón o por la fuerza, poco se puede esperar de que antes que concertar, se trate de resolver problemas a como se le dé la gana al superior de turno.

Y eso sin mencionar la ideología racista del padre de Humala.



Lo curioso de Humala es que la izquierda intenta blanquearlo y hacerlo más cercano a Lula que a Chavez. Yo no soy tan optimista, especialmente porque a Lula no lo he visto meterse tan garrafalmente en contra de la empresa privada. Pero también porque Lula es socialmente liberal, mientras que Humala…
Ha ido a entrevistarse con Cipriani y ha salido con un rosario bendecido por el Papa. Ha dicho que él y su familia son católicos conservadores. Ha sido fotografiado pasando las cuentas de ese rosario. O sea, que los extremos se tocan, se confunden. Humala sale a gritar “¡no al aborto!” frenéticamente en todos sus discursos.
Sin embargo, unos cuantos días después, el mismo Vargas Llosa considera apoyar a Humala, mientras que nunca lo haría por Keiko. Aquí voy a tener que discrepar con Vargas Llosa, pues yo me sentiría sucio apoyando a cualquiera de los dos.


3. PPK

Si bien no pasó a segunda vuelta, algo tenía que decir de este. O mas bien, de sus fervientes seguidores, quienes se mostraron en las redes sociales como los más fanáticos y ardientes seguidores no de un candidato, sino de un Dios que acababa de sufrir una tremenda ofensa, y con unas ganas tremendas de quemar a alguien en la hoguera.

Lo mejor/peor del Facebook post-elecciones

Esto sí fue una vergüenza. Que me perdonen, pero tenía que ponerlo en algún lado. De no haber existido Humberto Pinazo (XD) hubiese votado por PPK tan solo para evitar que Keiko pasara a segunda vuelta. Pero de ninguna forma se me hubiese ocurrido comportarme de forma tan vergonzosa.


4. “Hoy no ganaron los ignorantes, sino los ignorados”

Esta frase salió del twitter, rebotó varias veces, se convirtió en grupo de Facebook y hasta en columna de uno de los blogs más leídos del Perú. Yo no niego que sea cierto, pero tendría que añadir que lo uno quita lo otro. Que los electores de Keiko y Humala sean ignorados no quita que sean ignorantes. Por supuesto, no se les puede pedir mucho cuando la mayor preocupación que tienen es la de sobrevivir día a día a pesar de que “el Perú avance”. Pero comportarse de una forma tan paternalista hace que nos olvidemos de aquellos que empezaron como ignorados y en base a trabajo duro y constante lograron salir adelante. Pretender quitarle toda la responsabilidad al de abajo es tan errado como echarle toda la culpa de lo que es. Aquí todos se mojan, tanto los de arriba como los de abajo. Salir adelante es difícil, pero no imposible, y pretender que así sea es negar los méritos de quienes lo lograron.

Para acabar, si tengo que hacerlo, votaré viciado. No veo otra forma de vivir tranquilo. No podría, sabiendo que estoy apoyando a Humala o a Keiko. Por más vueltas que le doy al asunto no encuentro al "mal menor". Es como preguntar a qué lado de la cabeza quieres que te disparen. Ya es bastante malo que el estado peruano lo obligue a uno a votar. Y por si alguien se pregunta, no, el voto viciado no beneficia a ninguno.

Thursday, January 27, 2011

Los curas, Vargas Llosa y el matrimonio gay

Se avecinan elecciones en Perú y ya varios candidatos han empezado a mostrar sus cartas. Como es de esperarse en un mundo que apunta hacia el futuro, una de estas es la del matrimonio homosexual. Y como es de esperarse, los anacrónicos representantes de la iglesia católica han hecho escuchar sus intolerantes ladridos dejando bien en claro su deseo de perpetuar a los gays como ciudadanos de segunda clase.

El cabecilla de la iglesia católica en el Perú, el cardenal Juan Luis Cipriani, empezó declarando que el matrimonio es de uno y una para toda la vida, aunque haya gente que proponga diversas cosas, no son católicas, no están en el orden natural, por lo tanto debemos seguir promoviendo y respetando esa institución del matrimonio. No se debe rebajarlo ofreciéndolo como ganga política para ver quien se suma”; esto ante la propuesta del partido Perú Posible de considerar la unión entre dos personas del mismo sexo.

Obviamente para Cipriani no existe una separación entre iglesia y estado, y definitivamente el concepto de estado laico no existe en su mente. El cardenal cree que, como en la colonia, todo el Perú es católico, o debería serlo.

Más aun, luego añadiría que "el que quiera que haya aborto que lo diga, el que quiera matrimonio gay que lo digan, para que los votantes sepan a quién dan su voto". Por alguna razón pienso que esto no va con afán informativo, sino simplemente con la idea de saber hacia quién apuntar los misiles eclesiásticos.

Pero la cosa no quedó ahí. El obispo Luis Bambarén, demostrando la clásica malcriadez e intolerancia de la iglesia católica, sostiene que a los homosexuales deberían dejar de decirseles “gays” para usar el término “maricones”, pues así se les dice "en criollo".

Si es así, entonces podemos empezar a dejar de decirles "sacerdotes" a estos, y empezar con "protectores de pedófilos".

Ante tanta basura, cortesía de la iglesia católica, siempre es bueno refrescar la mente con algo más intelectual, centrado y, enfrentémoslo, sensato. En el 2005 Mario Vargas Llosa escribió un excelente artículo sobre el matrimonio gay.

El matrimonio gay
Por Mario Vargas Llosa

Luego de Holanda y Bélgica, España será en estos días el tercer país en el mundo que habrá legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, con todos los deberes y derechos incluidos, entre ellos el de poder adoptar niños. Es un extraordinario paso adelante en el campo de los derechos humanos y la cultura de la libertad que muestra, de manera espectacular, cuánto y qué rápido se ha modernizado esta sociedad donde, recordemos, hace unos cuantos siglos los homosexuales eran quemados en las plazas públicas y donde, todavía en los tiempos de la dictadura de Franco, la homosexualidad era considerada un delito y reprimida como tal.

Esta medida es un acto de justicia, que reconoce el derecho de los ciudadanos a elegir su opción sexual en ejercicio de su soberanía, sin ser discriminados ni disminuidos por ello, y que reconoce a las parejas homosexuales el mismo derecho de unirse y formar una familia y tener descendencia que las leyes reconocen a las parejas heterosexuales. Aunque esta medida constituye un desagravio a una minoría sexual que a lo largo de la historia ha sido objeto de persecuciones y marginaciones de todo orden, obligando, a quienes la conformaban, a vivir poco menos que en la clandestinidad y en el permanente temor al descrédito y al escándalo, ella no bastará para cancelar de una vez por todas los prejuicios y falacias que demonizan al homosexual, pero, sin la menor duda, constituye un gran avance hacia la lenta, irreversible aceptación por el conjunto de la sociedad -por la gran mayoría, al menos- de la homosexualidad como una manifestación perfectamente natural y legítima de la diversidad humana.


La ley, como era lógico que ocurriera, ha tenido adversarios encarnizados y ha generado movilizaciones diversas, entre ellas, en Madrid, una multitudinaria manifestación, convocada por distintas asociaciones católicas, respaldada por la jerarquía de la Iglesia, a la que asistieron dieciocho obispos y a la que dio su respaldo el Partido Popular, el principal partido de la oposición al Gobierno de Rodríguez Zapatero. Pero todas las encuestas son inequívocas: casi dos terceras partes de los españoles aprueban el matrimonio gay, y, aunque esta aprobación disminuye algo en las adopciones de niños por las parejas homosexuales, también este aspecto de la ley es convalidada por una mayoría. Buen indicio de que la democracia ha echado raíces en España y de que, por más denostada que esté de la boca para afuera, la cultura liberal va impregnando poco a poco a la sociedad española.


Los argumentos contra el matrimonio gay no resisten el menor análisis racional y se deshacen como telarañas cuando se los examina de cerca. Uno de los más utilizados ha sido el de que, con esta medida, se da un golpe de muerte a la familia. ¿Por qué? ¿De qué manera? ¿No podrán seguir casándose y teniendo hijos todas las parejas heterosexuales que quieran hacerlo? ¿Alguien, con motivo de esta nueva ley, va a forzar a alguien a no casarse o a casarse de manera distinta a la tradicional? Por el contrario, la ley, al permitir a las parejas gays contraer matrimonio y adoptar niños, va a inyectar una nueva vitalidad a una institución, la familia, que -¿alguien no lo ha advertido todavía?- padece desde hace ya un buen tiempo una profunda crisis en la sociedad occidental, al extremo de que, contabilizando el número de divorcios que crece cada año y la multiplicación de parejas de hecho que rehúsan resueltamente pasar por el altar o por el registro civil, hay quienes le auguran una obsolescencia irremediable. La paradoja es que, probablemente, sólo entre los homosexuales, que, como todas las minorías perseguidas desean ardientemente salir del gueto en que la sociedad los ha confinado, despierta la familia esa ilusión y ese respeto que en un número muy grande de heterosexuales, sobre todo entre los jóvenes, parece haber perdido. Por eso, no hay ninguna ironía en decir -yo lo creo firmemente- que es muy posible que, dentro de veinte o treinta años, las familias más estables las descubran las estadísticas entre los matrimonios gays.


Un prejuicio idéntico sostiene que los niños adoptados por parejas homosexuales sufrirán y tendrán una formación deficiente y anómala, ya que un niño para ser "normal" necesita un padre y una madre, no dos padres o dos madres. A esta afirmación dogmática y sin el menor sustento psicológico, ha respondido Edurne Uriarte de manera inmejorable: un niño lo que necesita es amor, no abstracciones. También padecen de una ceguera contumaz quienes no se han enterado de que, entre las parejas heterosexuales, cada día se descubren casos atroces de violencias ejercidas contra los niños, y, entre ellas, sinnúmero de abusos sexuales. Que los padres sean hetero u homosexuales no presupone de por sí nada; cada pareja es única y puede ser admirable o tiránica, amorosa o cruel en lo que concierne a la educación de sus hijos. Y también en este campo cabe suponer que entre quienes han luchado tanto por poder adoptar niños, ahora que lo han adquirido, asumirán este derecho con ilusión y responsabilidad.


En verdad, detrás de todos estos argumentos no hay razones, sino prejuicios inveterados, una repugnancia instintiva hacia quienes practican el amor de una manera que siglos de ignorancia, estupidez, oscurantismo dogmático y retorcidos fantasmas del inconsciente, han satanizado llamándolo "anormal". En verdad, la ciencia -la biología, la antropología, la psicología, la historia, sobre todo- ha puesto las cosas en su sitio ya hace tiempo y establecido que hablar de "anormalidad" en el dominio de la vocación sexual de los seres humanos es riesgoso y alienante. Salvo casos extremos, que entrañan criminalidad, y que de ninguna manera se pueden identificar con una opción sexual específica, en el universo del sexo hay variedades, una constelación de vocaciones y predisposiciones de las que de ninguna manera da cuenta cabal la demarcación entre heterosexualidad y homosexualidad, pues se refracta y multiplica en el seno de cada una de estas grandes opciones, como ocurre en tantos otros campos de la personalidad individual: las aptitudes, las preferencias, los gustos, las incompatibilidades, las facultades físicas e intelectuales, etcétera.


El Gobierno que ha dado esta ley en España es socialista y hay que reconocerle todo el mérito que ello tiene. Pero, para evitar confusiones, conviene re-cordar que se trata de una medida de profunda entraña democrática y liberal, y nada socialista. El socialismo ha sido a lo largo de toda su historia, en materia sexual, tan puritano y prejuicioso como la Iglesia católica. Si de él hubiera dependido, la gazmoñería y la pudibundez hubieran dictado la norma aceptable en materia de costumbres sexuales y ésta se hubiera impuesto a la sociedad por la fuerza. Por eso, en las sociedades comunistas, la discriminación y persecución del homosexual fue, en ciertos periodos, tan feroz como en la Alemania nazi, donde en las cámaras de la muerte de los campos de concentración perecieron muchos millares de homosexuales. También en el Gulag soviético padecieron y murieron gran número de seres humanos cuyo único delito era practicar una opción sexual que la "ciencia comunista" del temible Pavlov consideraba una perversión "urbano-burguesa". Carlos Franqui cuenta en alguna parte que, cuando él, como director del diario Revolución, asistía a los consejos de ministros de Cuba, a principio de los años sesenta, Fidel y sus lugartenientes preguntaron a los "países hermanos" qué política aconsejaban para enfrentar "el problema homosexual". La respuesta de la China Popular de Mao Tse Tung fue la más meridiana: "Ya no tenemos ese problema. Los fusilamos a todos". Sin llegar a esos extremos, Fidel creó las UMAP (Unidades Movilizables de Apoyo a la Producción), es decir, campos de concentración donde eran acarreados homosexuales de ambos sexos junto con criminales comunes y disidentes políticos.

Han sido las sociedades democráticas, impregnadas de cultura liberal, como los países escandinavos y los Estados Unidos, donde se ganaron las primeras batallas contra la discriminación de los gays y donde, poco a poco, se les ha ido reconociendo tal cual son: seres humanos normales y corrientes cuya opción sexual debe ser aceptada y reconocida como perfectamente legítima por el conjunto de la sociedad.

Es difícil, para mí, entender las razones por las que el Partido Popular ha apoyado la manifestación contra el matrimonio gay. Aunque es verdad que su dirigente máximo no asistió, y que tampoco estuvieron presentes sus principales líderes, que el partido la hubiera respaldado sólo puede haber contribuido a confundir y lastimar no sólo a los homosexuales que hay en sus filas sino, sobre todo, a su sector liberal, y a dar argumentos a quienes lo presentan como una formación política ultraconservadora. El oportunismo político da beneficios muy pasajeros y superficiales. Hay muchas razones para criticar al Gobierno de Rodríguez Zapatero. Su desastrosa política internacional, por ejemplo, que ha abolido a España de la escena mundial, donde llegó a tener influencia y a figurar entre los países de vanguardia. Sus ventas de armas al Gobierno demagógico del comandante Chávez, en Venezuela, que alienta y subvenciona grupos subversivos. Su acercamiento, que linda con la alcahuetería, a la satrapía de Fidel Castro, a la que trató de salvar de la condena que ha merecido de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. O sus concesiones sistemáticas a los nacionalismos, que rompen una tradición de defensa de la unidad de España del socialismo democrático de la que el Gobierno de Felipe González nunca se apartó. Pero no tiene sentido atacar a un Gobierno por todo lo que hace y, mucho menos, por haber hecho avanzar, con esta ley, la democratización y modernización de la sociedad española.

Friday, October 15, 2010

"El Nasciturus" Por Mario Vargas Llosa

En 1998 Mario Vargas Llosa se alejó del partido de derecha de España, y se pronuncia a favor del derecho de las mujeres para abortar y en contra de que la iglesia católica tenga un rol importante en las políticas de estado. En este texto, publicado en ese mismo año, Vargas Llosa deja clara su postura en cuanto al aborto y el poder que debe tener la iglesia católica.

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"El Nasciturus"

El Congreso de los Diputados, en España, ha rechazado por un voto una ampliación de la ley del aborto que hubiera añadido, a las tres causales ya legitimadas para la interrupción del embarazo (violación, malformación del feto o peligro para la salud de la madre) un cuarto supuesto, social o psicológico, semejante al que, con excepción de Irlanda y Portugal, admiten todos los países de la Unión Europea, cuyas legislaciones, con variantes mínimas, permiten el aborto voluntario dentro de los tres primeros meses de gestación.

El resultado de la votación fue una gran victoria de la Iglesia Católica, que se movilizó en todos los frentes para impedir la aprobación de esta ley. Hubo un tremebundo documento de la Conferencia Episcopal titulado `Licencia aún más amplia para matar a los hijos' que fue leído por veinte mil párrocos durante la misa, rogativas, procesiones, mítines y lluvia de cartas y llamadas a los parlamentarios (campaña que resultó eficaz, pues cuatro de ellos, cediendo a la presión, cambiaron su voto). Muchos intelectuales católicos, encabezados por Julián Marías -para quien la aceptación social del aborto es una de las peores tragedias de este siglo-, intervinieron en el debate, reiterando la tesis vaticana según la cual el aborto es un crimen perpetrado contra un ser indefenso, y, por lo mismo, una salvajada intolerable no sólo desde el punto de vista de la fe, también de la moral, la civilización y los derechos humanos.

Está dentro de los usos de la democracia que los ciudadanos se alisten en acciones cívicas en defensa de sus convicciones, y es natural que los católicos españoles lo hayan hecho con tanta beligerancia, en un tema que afecta sus creencias de manera tan íntima. En cambio, quienes estaban a favor del cuarto supuesto -en teoría, la mitad de la ciudadanía- permanecieron callados o se manifestaron con extraordinaria timidez en el debate, trasluciendo de este modo una inconsciente incomodidad. También es natural que sea así. Ocurre que el aborto no es una acción que entusiasme ni satisfaga a nadie, empezando por las mujeres que se ven obligadas a recurrir a él. Para ellas, y para todos quienes creemos que su despenalización es justa, y que han hecho bien las democracias occidentales -del Reino Unido a Italia, de Francia a Suecia, de Alemania a Holanda, de Estados Unidos a Suiza- en reconocerlo así, se trata de un recurso extremo e ingrato, al que hay que resignarse como a un mal menor.

La falacia mayor de los argumentos antiabortistas, es que se esgrimen como si el aborto no existiera y sólo fuera a existir a partir del momento en que la ley lo apruebe. Confunden despenalización con incitación o promoción del aborto y, por eso, lucen esa excelente buena conciencia de "defensores del derecho a la vida". La realidad, sin embargo, es que el aborto existe desde tiempos inmemoriales, tanto en los países que lo admiten como en los que lo prohíben, y que va a seguir practicándose de todas maneras, con total prescindencia de que la ley lo tolere o no. Despenalizar el aborto significa, simplemente, permitir que las mujeres que no pueden o no quieren dar a luz, puedan interrumpir su embarazo dentro de ciertas condiciones elementales de seguridad y según ciertos requisitos, o lo hagan, como ocurre en todos los países del mundo que penalizan el aborto, de manera informal, precaria, riesgosa para su salud y, además, puedan ser incriminadas por ello.

Significa, también, reducir la discriminación que, de hecho, existe en este dominio. Donde está prohibido el aborto, la prohibición sólo tiene algún efecto en las mujeres pobres. Las otras, lo tienen a su alcance cuantas veces lo requieran, pagando las clínicas y los médicos privados que lo practican con la discreción debida, o viajando al extranjero. Las mujeres de escasos recursos, en cambio, se ven obligadas a recurrir a las aborteras y curanderos clandestinos, que las explotan, malogran, y a veces las matan.

Es absolutamente ocioso discutir sobre si el nasciturus, el embrión de pocas semanas, debe ser considerado un ser humano -dotado de un alma, según los creyentes- o sólo un proyecto de vida, porque no hay modo alguno de zanjar objetivamente la cuestión. Esto no es algo que puede determinar la ciencia; o, mejor dicho, los científicos sólo pueden pronunciarse en un sentido o en otro no en nombre de su ciencia, sino de sus creencias y principios, igual que los legos. Desde luego que es respetabilísima la convicción de quienes sostienen, guiados por su fe, que el nasciturus es ya un ser humano imbuido de derechos, cuya existencia debe ser respetada. Y también lo es que, coherentes con sus principios, los publiciten y traten de ganar adeptos para su causa.

Sería un atropello intolerable que, por una medida de fuerza, como ocurrió en la India de Indira Ghandi, o como ocurre todavía en China, una madre sea obligada a abortar. Pero ¿no lo es, igualmente, que sea obligada a tener los hijos que no quiere o no puede tener, en razón de creencias que no son las suyas, o que, siéndolo, impelida por las circunstancias, se ve inducida a transgredir? Ésta es una delicada materia, que tiene que ver con el meollo mismo de la cultura democrática.

La clave del problema está en los derechos de la mujer, en aceptar si, entre estos derechos, figura el de decidir si quiere tener un hijo o no, o si esta decisión debe ser tomada, en vez de ella, por la autoridad política. En las democracias avanzadas, y en función del desarrollo de los movimientos feministas, se ha ido abriendo camino, no sin enormes dificultades y luego de ardorosos debates, la conciencia de que a quien corresponde decidirlo es a quien vive el problema en la entraña misma de su ser, que es, además, quien sobrelleva las consecuencias de lo que decida. No se trata de una decisión ligera, sino difícil y a menudo traumática. Un inmenso número de mujeres se ven empujadas a abortar por ese cuarto supuesto, precisamente: unas condiciones de vida en las que traer una nueva boca al hogar significa condenar al nuevo ser a una existencia indigna, a una muerte en vida. Como esto es algo que sólo la propia madre puede evaluar con pleno conocimiento de causa, es coherente que sea ella quien decida. Los gobiernos pueden aconsejarla y fijarle ciertos límites -de ahí los plazos máximos para practicar el aborto, que van desde las 12 hasta las 24 semanas (en Holanda) y la obligación de un período de reflexión entre la decisión y el acto mismo-, pero no sustituirla en la trascendental elección. Ésta es una política razonable que, tarde o temprano, terminará sin duda por imponerse en España y en América Latina, a medida que avance la democratización y la secularización de la sociedad (ambas son inseparables).

Ahora bien, que la despenalización del aborto sea una manera de atenuar un gravísimo problema, no significa que no puedan ser combatidas con eficacia las circunstancias que lo engendran. Una manera importantísima de hacerlo es, desde luego, mediante la educación sexual, en la escuela y en la familia, de manera que mujer alguna quede embarazada por ignorancia o por no tener a su alcance un anticonceptivo. Uno de los mayores obstáculos para la educación sexual y las políticas de control de la natalidad ha sido también la Iglesia Católica, que, hasta ahora, con algunas escasas voces discordantes en su seno, sólo acepta la prevención del embarazo mediante el llamado "método natural", y que, en los países donde tiene gran influencia política -muchos todavía, en América Latina- combate con energía toda campaña pública encaminada a popularizar el uso de condones y píldoras anticonceptivas.

Se impone una última reflexión, a partir de lo anterior, sobre este delicado tema: las relaciones entre la Iglesia Católica y la democracia. Aquélla no es una institución democrática, como no lo es, ni podría serlo, religión alguna (con la excepción del budismo, tal vez, que es una filosofía más que una religión). Las verdades que ella defiende son absolutas, pues le vienen de Dios, y la trascendencia y sus valores morales no pueden ser objeto de transacciones ni de concesiones respecto a valores y verdades opuestos. Ahora bien: mientras predique y promueva sus ideas y sus creencias lejos del poder político, en una sociedad regida por un Estado laico, en competencia con otras religiones y con un pensamiento a-religioso o anti-religioso, la Iglesia Católica se aviene perfectamente con el sistema democrático y le presta un gran servicio, suministrando a muchos ciudadanos esa dimensión espiritual y ese orden moral que, para un gran número de seres humanos, sólo son concebibles por mediación de la fe. Y no hay democracia sólida, estable, sin una intensa vida espiritual en su seno.

Pero si ese difícil equilibrio entre el Estado laico y la Iglesia se altera y ésta impregna aquél, o, peor todavía, lo captura, la democracia está amenazada, a corto o mediano plazo, en uno de sus atributos esenciales: el pluralismo, la coexistencia en la diversidad, el derecho a la diferencia y a la disidencia. A estas alturas de la historia, es improbable que vuelvan a erigirse los patíbulos de la Inquisición, donde se achicharraron tantos impíos enemigos de la única verdad tolerada. Pero, sin llegar, claro está, a los extremos talibanes, es seguro que la mujer retrocedería del lugar que ha conquistado en las sociedades libres a ese segundo plano, de apéndice, de hija de Eva, en que la Iglesia, institución machista si las hay, la ha tenido siempre confinada.

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© Mario Vargas Llosa. 1998.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País Internacional, S.A. 1998.

Monday, October 11, 2010

Cipriani: Cobardía e Hipocresía. Por Mario Vargas Llosa

Este artículo apareció el 12 de diciembre de 2002 en el diario El País. El reciente Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa hace notar su rechazo antes las políticas de ese sátrapa que ocupa el lugar de Cardenal en el Perú, Juan Luis Cipriani

Cobardía e Hipocresía

EL cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, habla a veces con una claridad tremante. En su homilía del 24 de noviembre, en la catedral de Lima, por ejemplo, llamó `cobardes e hipócritas' a los legisladores peruanos que, dos meses antes, habían considerado, en la revisión de la Constitución que se halla en marcha, exceptuar, dentro de la prohibición del aborto que consigna la carta constitucional, los casos en que el parto pondría en peligro la vida de la madre.

El Presidente de la Conferencia Episcopal del Perú, monseñor Luis Bambarén -quien, a diferencia de Cipriani, tiene unas sólidas credenciales de lucha en favor de los derechos humanos en la historia reciente del Perú- se apresuró a pedir excusas a los congresistas peruanos por el insulto, y, reiterando la oposición de la Iglesia católica al aborto, explicó que aquel exabrupto no comprometía a la Institución, sólo a su exaltado autor.

Juan Luis Cipriani no pasará a la historia por su vuelo intelectual, del que, a juzgar por sus sermones, está un tanto desprovisto, ni por su tacto, del que adolece por completo, sino por haber sido el primer religioso del Opus Dei en obtener el capelo cardenalicio, y por su complicidad con la dictadura de Montesinos y Fujimori, a la que apoyó de una manera que sonroja a buen número de católicos peruanos, que fueron sus víctimas y la combatieron. La frase que lo ha hecho famoso es haber proclamado, en aquellos tiempos siniestros en que la dictadura asesinaba, torturaba, hacía desaparecer a opositores y robaba como no se ha robado nunca en la historia del Perú, que `los derechos humanos son una cojudez' (palabrota peruana equivalente a la española `gilipollez'). Porque el cardenal Cipriani es un hombre que, cuando se exalta -lo que le ocurre con cierta frecuencia- no vacila en decir unas palabrotas que, curiosamente, en su boca tienen un retintín mucho más cómico que vulgar.

Nadie puede regatearle al arzobispo de Lima su derecho a condenar el aborto, desde luego. Éste es un tema delicado, que enciende los ánimos y provoca la beligerancia verbal -y a veces física- en los países donde se suscita, pero sería de desear que los prelados de la Iglesia que tienen posiciones tan rectilíneas y feroces sobre el tema del aborto, y no vacilan en llamar `asesinos', como él lo ha hecho, a quienes estamos en favor de su despenalización, mostraran una cierta coherencia ética en sus pronunciamientos sobre este asunto.

A quienes estamos a favor de la despenalización jamás se nos ocurriría proponer que el aborto fuera impuesto ni obligatorio, como lo fue en China Popular hasta hace algunos años, o en la India, por un breve período, cuando era Primera Ministra la señora Indira Gandhi. Por el contrario; exigimos que, como ocurre en Inglaterra, España, Francia, Suiza, Suecia y demás democracias avanzadas de Europa occidental, donde la interrupción de la maternidad está autorizada bajo ciertas condiciones, ésta sólo se pueda llevar a la práctica después de comprobar que la decisión de la madre al respecto es inequívoca, sólidamente fundada, y encuadrada dentro de los casos autorizados por la ley. A diferencia de esos fanáticos que en nombre de `la vida' incendian las clínicas donde se practican abortos, acosan y a veces asesinan a sus médicos y enfermeras, y quisieran movilizar a la fuerza pública para obligar a las madres a tener los hijos que no quieren o no pueden tener (aunque sean producto de una violación o en ello les vaya la vida), quienes defendemos la despenalización no queremos obligar a nadie a abortar: sólo pedimos que no se añada la persecución criminal a la tragedia que es siempre para una mujer verse obligada a dar ese paso tremendo y traumático que es interrumpir la gestación.

Desde luego que sería preferible que ninguna mujer tuviera que verse impelida a abortar. Para ello, por lo pronto es indispensable que haya una política avanzada de educación sexual entre los jóvenes y que el Estado y las instituciones de la sociedad civil suministren información y ayuda práctica para la planificación familiar, algo a lo que la Iglesia católica también se opone. Desde luego, la planificación familiar sólo puede consistir en facilitar una información sexual lo más amplia y objetiva posible, y una ayuda a quien la solicita, pero de ninguna manera en inducir, y mucho menos en imponer por la fuerza a las mujeres una determinada norma de conducta en torno a la gestación y el alumbramiento.

La dictadura de Fujimori y de Montesinos no lo entendió así. Estaba a favor de la `planificación familiar' y la puso en práctica, con una crueldad y salvajismo sólo comparables a las castraciones y esterilizaciones forzosas que llevaron a cabo los nazis contra los judíos, negros y gitanos en los campos de concentración. Los agentes de salud -enfermeras y médicos entre ellos- de la dictadura que asoló el Perú entre 1990 y 2000, se valían de estratagemas farsescas, en las campañas que llevaban a cabo en comunidades y aldeas campesinas, principalmente andinas, aunque también selváticas y costeñas, como convocar a las mujeres a vacunarse o a ser examinadas gratuitamente. En verdad, y sin que nunca se enteraran de ello, eran castradas. De este modo fueron esterilizadas más de 300 mil mujeres, según ha revelado una investigación parlamentaria. Fujimori seguía de cerca esta operación -en la que perecieron desangradas o por infecciones millares de campesinas- de la que le informaba semanalmente el Ministerio de Salud.

¿Dónde estaba el furibundo arzobispo de Lima mientras la dictadura de sus simpatías perpetraba, con alevosía y descaro, este crimen de lesa humanidad contra cientos de miles de mujeres humildes? ¿Por qué no salió entonces a defender `la vida' con las destempladas matonerías con que sale ahora a pedir a Dios `que no bendiga' a quienes perpetran abortos? ¿Por qué no ha dicho nada todavía contra esos cobardes e hipócritas funcionarios del fujimorato que perpetraron aquellos crímenes colectivos valiéndose del engaño más innoble para cometerlos?

Las organizaciones feministas le han recordado al arzobispo Cipriani que unos 350 mil abortos `clandestinos' se llevan a cabo anualmente en el Perú. Y pongo clandestinos entre comillas pues, en realidad, no lo son. La periodista Cecilia Valenzuela mostró, en su programa `Entre líneas', la misma noche de la homilía del cardenal, un espeluznante reportaje sobre el `aborto clandestino' en el que aparecían dantescas imágenes de fetos arrojados en las playas de Lima, y avisos publicitarios, en muchos periódicos locales, de comadronas y aborteros que ofrecían al público servicios de `raspados' y `amarre de trompas', sin el menor disimulo. Ésta es una realidad que el Estado no puede soslayar: cientos de miles de mujeres se ven obligadas a abortar y lo hacen en condiciones que reflejan la abismal disparidad social y económica de la sociedad peruana. En el Perú, como en la mayor parte de los países que penalizan el aborto, las mujeres de la clase media y alta abortan en clínicas y hospitales garantizados, y por mano de médicos diplomados. Las pobres -la inmensa mayoría-, en cambio, lo hacen en condiciones misérrimas en las que a menudo la madre se desangra y muere a causa de la falta de higiene y de infecciones. La despenalización del aborto no persigue estimular su práctica; sólo paliar y dar un mínimo de seguridad y cuidado a un quehacer desgraciadamente generalizado y cuyas víctimas principales son las mujeres de escasos recursos. No es inhumanidad y crueldad lo que lleva a innumerables madres a interrumpir el embarazo: es el espanto de traer al mundo niños que llevarán una vida de infierno debido a la miseria y la marginación.

La Iglesia católica tiene todo el derecho de defender su rechazo del aborto y de pedir a los creyentes que no lo practiquen. Pero no tienen derecho alguno de prohibir a quienes no son católicos actuar de acuerdo a sus propios criterios y a su propia conciencia, en una sociedad donde, afortunadamente, el Estado es laico, y -por el momento, al menos-, democrático. La discusión sobre dónde y cuándo comienza la vida no es ni puede ser `científica'. Decidir si el embrión de pocas semanas es ya la vida, o si el nasciturus es sólo un proyecto de vida, no es algo que los médicos o los biólogos decidan en función de la ciencia. Eso es algo que deciden en función de su fe y sus convicciones, como nosotros, los legos. Con el mismo argumento que los partidarios de la penalización proclaman que el embrión es ya `la vida' podría sostenerse que ella existe todavía antes, en el espermatozoide y que, por lo tanto, el orgasmo de cualquier índole constituye un verdadero genocidio. Por eso, en las democracias, es decir en los países más civilizados del mundo, donde impera la ley y la libertad existe, y los derechos humanos se respetan y la violencia social se ha reducido más que en el resto del mundo, esa discusión ha cedido el paso a una tolerancia recíproca donde cada cual actúa en este campo de acuerdo a sus propias convicciones, sin imponérselas a los que no piensan igual, mediante la amenaza, la fuerza o el chantaje. Y en ellos se reconoce que la decisión de tener o no tener un hijo es un derecho soberano de la madre sobre la que nadie debe interferir, siempre y cuando aquella decisión la madre la adopte con plena conciencia y dentro de los plazos y condiciones que fija la ley. Si alguna vez el país en el que nací alcanza los niveles de civilización y democracia de Inglaterra, Suecia, Suiza y (ahora) España, para citar sólo los que conozco más de cerca, ésta será también la política que terminará por imponerse en el Perú. (Ya sé que falta mucho para eso y que yo no lo veré).

Una última apostilla. Cada vez que se le afea su conducta ciudadana y sus úcases políticos, el arzobispo de Lima blande la cruz y, envuelto en la púrpura, clama, epónimo: `¡No ataquen a la Iglesia de Cristo!' Nadie ataca a la Iglesia de Cristo. Yo, por lo menos, no lo hago. Aunque no soy católico, ni creyente, tengo buenos amigos católicos, y entre ellos, incluso, hasta algunos del Opus Dei. Tuve un gran respeto y admiración por el antiguo arzobispo de Lima, el cardenal Vargas Alzamora, que defendió los derechos humanos con gran coraje y serenidad en los tiempos de la dictadura, y que fue una verdadera guía espiritual para todos los peruanos, creyentes o no. Y lo tengo por monseñor Luis Bambarén, o por el padre Juan Julio Wicht, el jesuita que se negó a salir de la embajada del Japón y prefirió compartir la suerte de los secuestrados del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, y por el padre Gustavo Gutiérrez, de cuyo talento intelectual disfruto cada vez que lo leo, pese a mi agnosticismo. Ellos, y muchos otros como ellos entre los fieles peruanos, me parecen representar una corriente moderna y tolerante que cada vez toma más distancia con la tradición sectaria e intransigente de la Iglesia -la de Torquemada y las parrillas de la Inquisición- que el vetusto cardenal Juan Luis Cipriani se empeña en mantener viva contra viento y marea.

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© Mario Vargas Llosa, 2002.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2002.

Thursday, October 7, 2010

Jueves de tríos: Con "A" de Agnóstico

El ser agnóstico tiene una connotación bastante fea para muchos, pues se les considera demasiado débiles y cobardes como para adjudicarse una postura determinada respecto a la existencia de Dios y su creencia en este. Por un lado son considerados tan herejes por los creyentes, mientras que los ateos confesos los miran por encima del hombro.

Esto se debe en gran parte a que el agnosticismo es percibido como un punto medio entre el teísmo y el ateísmo, y quien se considere como tal es por lo tanto alguien no solo equivocado, sino alguien sin el valor como para tener un modo de vida de acuerdo a una creencia o falta de la misma. Sin embargo esa percepción me parece un tanto arbitraria y vacía, pues no contempla la diferencia entre el saber y el creer.

Me gustaría explayarme sobre esto, lo cual haré en el futuro. Algo que sí me gustaría dejar en claro desde ahora es lo inútil que me parecen las peleas entre ateos y agnósticos, especialmente cuando estas escalan a un nivel en el que los argumentos se reducen a gritos de “ignorante” o “arrogante”. Y es que en la práctica, ambos buscamos objetivos similares.

Es así que les presento tres grandes personajes que se han definido como agnósticos y son indudablemente admirables e inteligentes.


Thomas H. Huxley
Huxley fue un biologo inglés que jugó un rol importante en la divulgación de la recientemente propuesta teoría evolutiva de Darwin, tanto así que se le llamó “El Bulldog de Darwin”. Huxley usó el término “agnóstico” por primera vez para describir su postura teológica:

“El agnosticismo no es un credo, sino un metodo, una esencia en la cual yace la vigorosa aplicación de un simple principio. El principio puede ser expresado positivamente: en asuntos intelectuales, sigue tu razón tan lejos como te lleve, sin importar ninguna otra consideración. Y negativamente: en asuntos intelectuales, no pretendas que son ciertas las conclusiones que, o no han sido demostradas o directamente no son demostrables.”


A pesar de su escepticismo ante la teoría de la selección natural, Huxley llegó a ser uno de los más importantes próceres de la secularización europea. A pesar de considerarse agnóstico, Huxley se encontraba totalmente en contra de toda encarnación de religión organizada.

¿Por qué me agrada Huxley? En su tiempo y con lo recientemente propuesta que era la teoría de la evolución, Huxley la tomó escepticamente, para luego dedicarse a defenderla ante otras ideas que difícilmente daban las respuestas que daba la teoría evolutiva.


Carl Sagan
Sagan es una de las figuras más importantes de la ciencia y la divulgación de esta. Tal como explica en uno de sus libros, a Sagan le parecía perverso el saber algo que le parecía tan formidable y no salir a contárselo al mundo. Y a pesar de eso, Sagan nunca se consideró un ateo.

“Un ateo tiene que saber más de lo que yo sé. Un ateo es alguien que sabe que no existe ningún Dios. En algunas definiciones, el ateísmo es bastante estúpido”

Yo no creo que el ateísmo sea estúpido, pero que el sacar conclusiones sin una correcta interpretación de los términos se acerca bastante a lo estúpido. Como dije anteriormente, el ateísmo, agnosticismo y el teísmo no se encuentran en una recta que mide el grado de creencia en Dios. Tal como yo lo veo, el gnosticismo/agnosticismo (es decir, el conocimiento) vendría a ser un eje X de un plano cartesiano, mientras que el teísmo/ateísmo (la creencia) sería el eje Y de dicho plano.

Espero poder hacer un gráfico en español para poder ilustrar eso mejor.

Sagan deja clara su postura no solo en esa entrevista (no faltó el ateo fanático que me dijera que podría haber sido trucada), sino que también es algo presente en su libro “The Demon Haunted World”

“La doctrina religiosa que se aparta de la posibilidad de ser probada cierta o falsa tiene poco que preocuparse del avance de la ciencia. La gran idea, común en muchas religiones, de un creador del universo es una de esas doctrinas, difíciles de probar o negar”

Para ilustrar mejor este punto, Sagan explica como podríamos percibir la cuarta dimensión.



Entender la existencia de dios bien podría ser como tratar de entender el objeto tridimensional siendo nosotros bidimensionales. Por supuesto, eso no quiere decir que haya que pensar que tales objetos tridimensionales existen y peor aun, hacer como que los entendemos.

Pienso que por más que Sagan se haya definido como agnóstico, hoy en día tendría metas similares con los ateos más reconocidos, metas que incluyen el darle a la ciencia su lugar en la sociedad y combatir la superchería y pseudociencias debito al daño que estas hacen.

Mario Vargas Llosa
Y es por él que se me ocurrió escribir sobre agnósticos notable hoy. Mario Vargas Llosa, gran escritor e intelectual peruano, recibió hoy el premio Nobel de Literatura. Vargas Llosa representa para muchos una derecha extrema, mientras que para otros es un vendido a los liberales sociales que simpatizan con terroristas y comunistas. Es decir, los imbéciles de ambos extremos lo odian. Eso me agrada.

También me agrada leer sus libros. Si bien su estilo puede ser un tanto complicado debido a los saltos espacio-temporales que hace, una vez que el lector se ubica, notará que lee una gran obra

A pesar de haber representado a un partido de la derecha en las elecciones presidenciales de 1990, Vargas Llosa no es un católico tradicional, sino un agnóstico:

"El no ser un creyente fue motivo de preocupación, acaso de angustia, para los católicos que me apoyaban, en el Movimiento Libertad y en el Partido Popular Cristiano, sobre todo aquellos que no eran, como la mayoría de los que yo conocía, creyentes rutinarios, laxos, puramente sociales, sino que se esforzaban por vivir en coherencia con los dictados de su fe. Conozco pocos católicos de esta índole y don Ernesto Alayza Grundy es uno de ellos." (pp. 126-127)

Al comenzar mi actividad política, adelantándome a lo que, era evidente, mis adversarios tratarían de explotar a fondo en los meses y años siguientes, expliqué en una entrevista con César Hildebrandt que yo no era creyente, tampoco un ateo, sino un agnóstico, pero que no discutiría en la campaña sobre religión. Pues las creencias religiosas, como las amistades, la vida sexual y sentimental pertenecen al dominio de lo privado, deben ser rigurosamente respetadas y en ningún caso convertidas en materia de debate público. Precisé también que, como era obvio, quien gobernase el Perú, cualesquiera que fuesen sus convicciones, debía ser consciente de que la gran mayoría de peruanos eran católicos, y actuar con el debido respeto para con esos sentimientos. (p. 127)

(Sacado de su auto biografía "El Pez en el Agua")

Ciertamente me complace el ver que alguien a quien admiro y con quien concuerdo (yo y muchos más, debido a su increíble obra) sea alguien tan razonable.

En fin, estos son tres agnósticos que me parecen admirables y dignos de reconocimiento. Y recalco, que por más que esquiven la etiqueta de ateos, en general, somos no creyentes que compartimos metas similares. Si lo que se quiere es alcanzarlas, pelearnos entre nosotros no viene a ser más que dispararnos a los pies.
"Que esté permitido a cada uno pensar como quiera; pero que nunca le esté permitido perjudicar por su manera de pensar" Barón D'Holbach
"Let everyone be permitted to think as he pleases; but never let him be permitted to injure others for their manner of thinking" Barón D'Holbach